Durante décadas, la izquierda chilena fue capaz de construir algo tanto o más poderoso que un programa político, construyó un relato, lo que le permitió avanzar durante el siglo pasado hasta conquistar por única vez en la historia el poder en 1970, de la mano de Salvador Allende.
La izquierda chilena habló durante todo el siglo XX de dignidad, de explotación, de justicia social, de pueblo, de clase trabajadora, de lucha de clases. Tuvo un lenguaje propio, una cultura propia y una interpretación del mundo que permitía entender por qué existían ricos y pobres, privilegiados y excluidos, en gran medida gracias a las transformaciones sociales de la Unión Soviética y Europa del Este. Pero hoy ese mismo relato está roto y apropiado por el fascismo, porque hay que decir las cosas como son, en Chile lo que avanza no es la derecha o la ultraderecha, es el fascismo encarnado hoy en militantes libertarios y republicanos.
La derrota más profunda de la izquierda no ha sido electoral. Ha sido cultural. Ha perdido las palabras, los conceptos y la capacidad de nombrar la realidad y de apropiarse de ella. Mientras la derecha habla de libertad, seguridad, mérito, esfuerzo y emprendimiento, gran parte de la izquierda parece atrapada en una suma de causas fragmentadas incapaces de construir un horizonte común, porque hay que decirlo honestamente, hoy muchos de esa izquierda no son de izquierda.
El capitalismo ganó mucho más que mercados. Ganó las cabezas, el pensamiento, colonizó los cerebros de quienes hoy mismo se autodefinen de izquierda, pero que responden a las lógicas neoliberales, muchas veces sin siquiera darse cuenta.
La mayor victoria neoliberal no fue privatizar las empresas públicas ni convertir derechos en bienes de consumo, que también lo hizo, por cierto. Su victoria fue instalar una forma de pensar. Una lógica que penetró incluso en quienes dicen combatirla, la famosa ventana de Overton, como lo describimos en otra editorial y que no es otra cosa que de tanto repetir una idea se termina imponiendo y asumida por la gente y para eso, ya lo sabemos, la derecha y el fascismo tienen todo a su favor, comenzando por el poder mediático.
El individualismo, la competencia permanente, la idea del éxito personal como medida de todas las cosas, atraviesa hoy a la sociedad completa. En ese sentido recomendamos leer un pequeño texto que se llama La Sociedad del Cansancio, de Byung-Chul Han.
La izquierda no es, ni fue inmune. El propio Partido Comunista, organización que históricamente se reivindica marxista y revolucionaria, no escapa a esta realidad. Muchos de sus cuadros y militantes viven, piensan y actúan bajo parámetros profundamente neoliberales. La lógica de la carrera personal, de la acumulación de posiciones, de autoexplotarse, de las disputas de poder internas y del cálculo electoral muchas veces termina desplazando la discusión estratégica sobre la transformación social.
La pregunta incómoda es evidente y necesaria ¿cuánto neoliberalismo habita hoy dentro de quienes dicen combatir el neoliberalismo? ¿o de quienes aspiran superarlo y dejarlo atrás?
Mientras tanto, el capitalismo juega una partida magistral, al estilo de la mejor escuela de ajedrez soviético. Ha logrado compartimentar las luchas sociales. Los trabajadores luchan por un lado, los pueblos indígenas por otro, las mujeres por otro, los movimientos ambientales por otro y las diversidades sexuales por otro. Cada causa es legítima y necesaria, pero aparecen aisladas entre sí, sin un proyecto articulador capaz de explicar que muchas de esas desigualdades tienen una raíz común que son las relaciones de poder y de propiedad existentes en la sociedad, a fin de cuentas el sistema.
La lucha de clases desapareció del vocabulario público, como si mencionarlo fuera una antigüedad o una excentricidad ideológica. He escuchado a Seremis de Bachelet y Boric y de partidos que se autodefinen de izquierda renegando de ella.
Pero las clases siguen existiendo. Los grandes grupos económicos siguen concentrando riqueza y creen en la lucha de clases. Los salarios siguen siendo insuficientes para millones de trabajadores. La vivienda sigue siendo un negocio. La salud sigue dependiendo del ingreso. La educación continúa reproduciendo desigualdades, que lo digan esos cientos que la Tesorería dejó sus cuentas en cero, mientras a grandes empresas y contribuyentes se les perdonan deudas e impuestos, a propósito de las deudas del CAE.
La lucha de clases desapareció del discurso justo cuando el capitalismo se volvió más agresivo. Debemos preguntarnos entonces ¿qué le ofrece hoy la izquierda a Chile?
Algunos liberales dirán que una administración más amable del mismo modelo, una mejor gestión, pero sin tocar el modelo, como lo hizo Boric.
Las sociedades se movilizan por sueños colectivos, por horizontes. Por relatos que permitan imaginar un futuro distinto, como lo relató tantas veces Eduardo Galeano.
La derecha ofrece orden, certezas, identidad. Aunque muchas veces sean respuestas simplistas para problemas complejos, slogan, una pachotada en un programa farandulero y, sobre todo, mentira, mucha mentira.
La izquierda debe construir una narrativa que vuelva a conectar las luchas sociales con la cuestión del poder económico, con la enorme concentración de la riqueza, la distribución del ingreso, necesita recuperar un lenguaje que interpele a las grandes mayorías y no sólo a sus propios convencidos, si no es así seguirá perdiendo terreno cultural incluso cuando gane elecciones.








