“Castigar a los opresores es clemencia. Perdonarlos es barbarie”
Maximilien Robespierre
Sin convicción, las palabras quedan en el olvido y no resuenan más allá del fuero interno del propio emisor, del que proyecta su voz, del hablante que ausculta o explora su inflamado pecho tras las frases para la galería, pero sin peso específico, sin acciones, sin vida, sin sentimiento, sin mística.
Que con este nuevo Gobierno se acabaría el neoliberalismo, “acá nació y acá termina” se dijo, que se daba paso a una nueva era, que se superaba a la Ex Concertación para florecer un nuevo orden de izquierda, donde el pueblo chileno, humilde, sumiso y obediente, pisoteado por décadas de abusos neoliberales se levantaría para abrir junto a la figura señera y simbólica de Allende las grandes alamedas. Nada de eso pasó.
Es más, con el miedo permanente a enojar o molestar a la derecha, esta última ha ido corriendo el cerco de lo posible, arrinconando a la izquierda, manejando a voluntad los temas de los que hablamos diariamente siendo el más simbólico la seguridad, en unos de los países más seguros de Latinoamérica y sin embargo solo vemos muerte y sangre en la morbosidad de la tele, y donde las cifras no tienen cabida, solo frases, mentiras. Estamos jodidos. Quien pone los temas en la agenda de los poderes mediáticos, ya ganó.
No se puede renunciar, bajar las banderas sin luchar. Aquellos derechos conquistados a sangre y fuego, con cientos y miles de muertos, se ven amenazados por la asonada ultra conservadora y derechista, mientras el Gobierno ni siquiera es capaz de levantar figuras potentes de continuidad, que enfrenten al fascismo como hay que hacerlo, no dándole un centímetro. ¡No pasarán! Gritan los mismos que le abren paso. No se negocia con el fascismo es una lección que deberíamos haber aprendido en un país que supo conocer su peor versión.
Por el contrario, las viejas caras, los viejos estandartes del neoliberalismo de centro izquierda reaparecen para tomarse los espacios que prometieron ser del pueblo. Rostros alguna vez vinculados a la corrupción y al escándalo hoy fungen como cartas presidenciales, gracias a los poderes mediáticos que los posicionan, sabiendo que para ellos es ganar-ganar, porque no les importa a esos dueños de medios, que son el vehículo por donde circulan las ideas y las decisiones de los poderes económicos. El resultado les da igual si de una y otra vereda se encuentran los mismos que defienden el modelo.
Un poco más allá el fascismo espera su oportunidad para liquidar lo poco que quede del Estado y entregárselo a los que ya lo tienen todo.
Esta administración nació sin sentido de lucha, a veces solo aprovechamiento circunstancial. Con más ganas que táctica y estrategia llegaron al poder el 11 de marzo de 2022 para superar el neoliberalismo, pero en la práctica se dejaron llevar muchas veces por personalismos.
Las fuerzas de izquierda deben dejar de lado sus complejos y enfrentar en todos los espacios a la derecha fascista que se abre paso sin que podamos medir por ahora las consecuencias de lo que significa para el país un gobierno que recorte los derechos sociales que tanto costó obtener.
¿Qué podemos esperar? Sabemos que la política son procesos, son programas, son planes a largo plazo. ¿Están las condiciones en Chile para levantar un cambio estructural o seguiremos alargando el mal menor? Son preguntas que debe responder el pueblo y lo harán en noviembre de este año.








