Hay cosas que no se exhiben en los museos, como una receta familiar aprendida de oído, una conversación en la cocina con un mate compartido, una huerta, un bordado, o esas formas antiguas de ayudarse entre vecinos. Para Licarayén Quelín Cárcamo estas acciones dicen del territorio tanto como cualquier documento guardado en un archivo, porque la historia oficial se escribió con cartas, tratados y actas, pero también en los saberes que se traspasan sin dejar rastro escrito.
Educadora patrimonial, profesora de historia, tallerista, investigadora y gestora cultural, Licarayén ha dedicado buena parte de su trabajo a acompañar procesos de memoria en distintas localidades de la región, desde Lago Verde hasta Coyhaique. Su interés se concentra especialmente en los saberes que históricamente quedaron al margen de los registros oficiales, los de las mujeres, y en la convicción de que ese patrimonio solo se sostiene si se practica en comunidad.
Escarbar en las memorias femeninas

La historia regional de Aysén se ha escrito tradicionalmente con las fuentes que la disciplina histórica reconoce como válidas, diarios, cartas, tratados políticos, actas de compraventa de campos y animales. Quelín explica que ese archivo tiene un sesgo desde el origen, “las mujeres estaban súper invisibilizadas por muchas cosas. Para empezar, el tema de saber leer y escribir, el nivel de escolaridad de las mujeres”.
Para ella, las memorias femeninas, las que no son transmitidas de forma oral, que no pasan por la escritura ni por los archivos oficiales, resultan más genuinas que los relatos históricos convencionales, “esas memorias son muy auténticas y están súper poco pasadas por el filtro de la razón”.
Uno de los territorios donde esa memoria invisibilizada se vuelve más concreta es en el de la partería patagona. Licarayén vivió en carne propia esa historia donde gestó en Lago Verde y ahí conoció “la realidad de las mujeres gestantes en las zonas rurales”, de esa experiencia nació una red de apoyo que hoy continúa como la ONG Buen Nacer.
Cuenta también que existe un libro que documenta la historia de mujeres que ejercieron como parteras en la región y que, durante años, fueron perseguidas legalmente, “eso también se persiguió como ejercicio ilegal de la profesión, cuando justamente llegaron de forma muy posterior las instituciones del Estado chileno acá”.
Por otro lado, Quelín explica que la cocina es memoria en su forma más profunda y sensorial y también un lenguaje común capaz de conectar a personas de contextos muy distintos, pero esa misma cocina no siempre fue un espacio amable, para muchas mujeres mayores fue también un lugar de trabajo forzado desde la infancia “la cocina también era un espacio de mucho sufrimiento para las mujeres” advierte.
Esa dicotomía no le resta valor a la cocina como patrimonio, sino que lo complejiza. Por eso Licarayén ha llevado ese interés a su propio trabajo y junto a su compañero desarrolla el proyecto Yafutuwe (lugar donde se come en mapuzugun), que busca recrear comidas patrimoniales de la región y al mismo tiempo, mezclando nuevas técnicas, “la cocina también es un reflejo de las mujeres tejiendo, de las mujeres bordando, de las mujeres y los hombres solucionando problemas, como una fuente de impulso de la tecnología”.
Salvaguardar el patrimonio vivo
Para Licarayén, “rescatar” no es la palabra correcta, prefiere hablar de “salvaguardar”, un concepto que implica investigar, sistematizar y diseñar formas de gestión para que las prácticas culturales sigan desarrollándose, no solo quedar registradas. Insiste en que buena parte de lo que ocurre en la región sigue vivo, aunque muchos crean que ya desapareció, “hay muchas cosas que siguen sucediendo en la región y que son cultura viva”.
Esa mirada se refleja en el Patrimonio Cultural Inmaterial reconocido en Aysén como los tejueleros, los carpinteros de ribera, las bordadoras del Baker, el trabajo en soga. Pero también hay saberes que no cuentan con ese reconocimiento institucional y que, según ella, no por eso dejan de ser valiosos, “creo que todas las prácticas culturales patrimoniales presentes en la región de Aysén funcionan mucho mejor y son mucho más efectivas en la forma colectiva”.
Ese principio lo pone en práctica junto al Colectivo Rüpülen, agrupación cultural y medioambiental conformada por personas indígenas y no indígenas. Cada 15 días organizan encuentros de bordado abiertos en la biblioteca regional, sin costo ni requisitos, “puedes incluso ir a no bordar, es un espacio que hemos abierto para que personas que tengan otros proyectos personales, quieran ir a leernos algo, o solamente ir a conversar, pasarnos los hilos, servirnos mate, e integrarse a la conversación”.
Licarayén insiste en que ese espacio cumple una función mayor, reconstituir un tejido social que se ha ido perdiendo con el tiempo y responde a algo más antiguo, los pactos de ayuda mutua entre vecinos, como las mingas, surgidos frente al aislamiento histórico de la región. Recuerda que ese sentido comunitario igualaba a todos frente a las mismas dificultades, “esos pactos sociales lo que hacían era comprender que todos los que habitábamos un territorio, estábamos en la misma condición de aislamiento, por ejemplo, que más allá del rico, pobre, del que tenía más, del que tenía menos”
Licarayén insiste en que ese pacto aún se práctica en algunos sectores de la región, mientras que se va debilitando en las ciudades porque este trabajo necesita algo que hoy escasea, el tiempo. Finalmente, Quelín insiste que el patrimonio no se construye en soledad ni en redes sociales, sino en la paciencia de encontrarse con otros y el próximo encuentro de bordado, el 30 de septiembre en la biblioteca regional, es quizás la mejor síntesis de esa idea.








