Nunca antes en la historia del país hemos asistido a un proceso como el que estamos viviendo. No sabemos cuál será el resultado y lo que se generará a partir del plebiscito por una Nueva Constitución, tampoco conocemos los niveles de participación y si la apatía le ganará una vez más al proceso democrático. Pensamos que no, que más allá que el voto sea voluntario, la importancia de lo que está en juego ha sido entendido por el pueblo y éste actuará en consecuencia.
Muchos perciben un ambiente parecido al año 1988, cuando Chile votó No a Pinochet y donde amplios sectores de la en ese entonces Oposición pactó con la derecha una democracia que mantuvo el modelo intocable y que luego aprovecharon convenientemente para acomodarse en sus lindos sillones de cuero, luciendo sus ternos importados italianos. Curiosamente son los mismos que en noviembre pasado firmaron el acuerdo por la paz y la nueva constitución, ganándole la mano -por ahora- al pueblo, firmando un acuerdo que a los pocos días demostró todas sus falencias, precariedades y limitaciones. Parte importante de ese grupo de políticos que tutelan este proceso constituyente, esperan que todo siga igual, con algunos cambios estéticos, sin mayor profundidad. Eso es seguro, los vemos todos los días en la prensa hegemónica.
Pero el pueblo votará en abril y lo hará por una nueva constitución a través de Asamblea Constituyente, aunque la opción no esté definida así en la papeleta, es una oportunidad para que finalmente podamos elegir a todos los delegados desde las bases, hay que seguir peleando por eso. No hay que dar esa lucha por perdida. Nada está definido totalmente. Si en unas cuantas semanas el pueblo pudo exigir una nueva constitución, nada quita que podamos avanzar hacia una Carta Magna, en la que la ciudadanía pueda elegir a sus representantes en igualdad de condiciones. Para algunos puede ser de una ingenuidad pueril, para otros en cambio, la oportunidad de soñar para avanzar y exigir.
Sin embargo, debemos reconocer que seguimos jugando en las reglas impuestas por los mismos que son parte del problema y de la crisis, por eso el llamado es a no abandonar la calle y seguir empujando desde todos nuestros espacios para lograr el objetivo, porque si tras el plebiscito de abril no logramos los cambios que exigimos, la situación posterior puede ser mucho más crítica, insistimos en la más amplia unidad de todos los sectores, bloques y movimientos con los cuales hay coincidencias.
La nueva constitución tiene que generar un cambio político, social, económico y cultural en Chile y ser capaz de abrir un espacio democrático donde todos puedan estar contenidos, por medio de un modelo totalmente distinto, que sea sustentable con el medio ambiente, solidario, que integre a todos y todas, que considere la autonomía de las regiones, un Estado completamente distinto al actual, para evitar por ejemplo, las enormes injusticias como lo que promueve el Gobierno de Sebastián Piñera en materia de salud, que para no invertir en la salud pública terminan pagando a las clínicas privadas por los servicios. No suficiente con eso, se pagan valores estratosféricos para enriquecer al sector privado.
Son tantas las cosas que están mal en el país, que esto no se detiene y cuánto antes nos demos cuenta, mejor para Chile.
Por eso instamos a votar por un cambio constitucional a través de una Convención Constitucional y luego devenir en Asamblea Constituyente. Nos jugamos el futuro de Chile y probablemente de los próximos cincuenta años, así que no debemos dejar que nuestras diferencias primen ante esas cuestiones comunes: Recuperación de recursos naturales, fin a las AFP, salud, educación y vivienda de calidad, sueldos que permitan vivir con dignidad y derechos para todos y todas.
Se viene marzo y esta vez no seremos los de siempre quienes le temamos a ese mes que tantas penurias nos hace pasar a todos y todas.




