“Está mal pelao el chancho”. Tal vez pocas frases retratan con tanta precisión la sensación térmica de injusticia y desigualdad que atraviesa épocas, gobiernos y modelos económicos. Cambian los nombres, los slogans y los colores partidarios, pero el chancho, una metáfora cruel, sigue repartiéndose mal.
El refrán no se centra en la existencia del chancho. Es decir, no cuestiona que haya riqueza. Lo que denuncia es la repartija, la mala repartija. Porque mientras algunos se quedan con los lomos, las costillas y el buen filete, a la mayoría le tocan los chicharrones, si es que alcanzan. Y eso, en un país que se precia de moderno, eficiente y exitoso, deja de ser anécdota para transformarse en estructura. Eso de justificar todo con las benditas palabras de «modernidad» o «re estructuración».
La discusión de fondo, aunque se la disfrace de debate técnico o se eluda convenientemente, es la distribución de la riqueza. Pero nombrarla incomoda, sobre todo en un país como Chile, donde hablar de desigualdad parece de mal gusto, tanto para la ultraderecha, como la centro izquierda. Es más cómodo hablar de crecimiento, de indicadores macroeconómicos, de confianza en los mercados. Más elegante debatir sobre percepciones y su subjetividad que sobre concentración. Así, el problema central se esconde bajo eufemismos y medias tintas.
El talento contemporáneo no está en pelar mejor el chancho, sino en convencer al resto de que así, mal pelao, está perfecto. Si tienes que trabajar 12 horas, no tener vacaciones, ni leyes sociales, está bien.Que si unos pocos se quedan con la mejor tajada es porque “arriesgaron”, “innovaron” o “emprendieron”, y por lo demás tuvieron suficientes “méritos”. Y que si otros apenas juntan para el pan, es porque no se esforzaron lo suficiente. La meritocracia convertida en detergente moral.
Mientras tanto, el poder económico no necesita levantar la voz, le basta con administrar silenciosamente los espacios clave. Justicia, Congreso, Gobierno. Puertas giratorias que no chirrían porque están bien aceitadas de billetes. Cuando el que reparte es el mismo que corta y pesa, el resultado nunca sorprende.
Y aquí estamos, una vez más, discutiendo lo accesorio, polarizados por temas que arden en redes sociales, distraídos por escándalos de temporada, mientras la pregunta esencial sigue sin respuesta ¿quién se queda con el chancho y bajo qué reglas? Ya lo decía hace 25 años Julio Anguita, al retratar como una mujer pobre a las afueras de una Iglesia decía, mientras pedía limosna, qué bien que vivimos en España, porque veía a los ricos entrar al templo con sus mejores vestidos. Enajenación.
Tal vez el problema no sea que esté mal pelao, tal vez el problema es que siempre lo pelan los mismos, la ultra derecha y la centro izquierda miedosa y acomplejada.Y mientras no cambiemos al pelador, o al menos aprendamos a mirar cómo reparte, el refrán seguirá vigente. Hoy, mañana y dentro de cien años. Porque en esta historia, el chancho cambia de dueño, pero el cuchillo y el agua caliente no.
A ver qué nos deparan estos años de profundización neoliberal y… la izquierda? Bien, gracias.








