“La religión es el opio del pueblo” escribió hace más de ciento setenta años el filósofo e intelectual alemán Karl Marx, como una manera de mostrar que las clases dominantes buscan a través de ella controlar al pueblo obrero y trabajador, aliviando sus precarias condiciones por medio de la ilusión de un mundo mejor tras esta vida y la felicidad eterna en el Paraíso celestial.
Si bien es cierto en las últimas décadas Chile ha visto como pierde espacio la religión católica, que fue predominante y con mucha influencia en nuestra sociedad, actualmente ese liderazgo crece en la religión evangélica, que cada día suma adeptos, sobre todo en los sectores más postergados de la sociedad. En Chile los evangélicos y sus múltiples denominaciones, se caracterizan por un discurso simple, directo, subjetivo, no sujeto a contradicciones, autoritario, totalizador y que en la mayoría de los casos se sustenta en el carisma del pastor de turno. Es además muy funcional al discurso del neoliberalismo y del protestantismo calvinista, respecto a que el esfuerzo individual y las obras abren las puertas del Paraíso.
Es, ante todo, peligroso, porque coloca al conservadurismo extremo en el centro del discurso, no admitiendo la diversidad y diferencias que toda sociedad democrática debe tener. Por eso su representante más conspicuo es el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, que reniega de la homosexualidad, inmigrantes, de los derechos de las mujeres o de las minorías étnicas y de los pobres.
En Chile el discurso evangélico es personificado por José Kast, quien además tiene un rol estelar a nivel global, como representante del ala más conservadora de estructuras cristianas, que en Estados Unidos han declarado una verdadera “guerra santa”, contra organizaciones que promueven los derechos civiles de minorías. Y, según informó el sitio de investigaciones periodísticas Ciper Chile, no escatiman dinero a la hora de promocionar su discurso evangélico de derecha. De hecho, donde mejor le fue en la elección presidencial pasada a José Kast fue en comunas con clara mayoría protestante evangélica.
Aunque hasta ahora parecen no contar con una bancada en el Congreso, la llegada de cuestionados líderes como el pastor Eduardo Durán a la Cámara, hace ver con cierto temor lo que pueda pasar en algunos años, ya que las iglesias evangélicas son por definición extremadamente politizadas, por lo que no es novedad su apoyo a Sebastián Piñera en la última campaña presidencial, aunque el discurso público sea tener cierto recelo y lejanía con los políticos, en los cultos los pastores se cuelgan de la arenga capitalista para ejemplificar la vida del cristiano íntegro y virtuoso.
En Chile existe libertad de culto y credo, un derecho fundamental. El problema es cuando ciertos sectores intentan imponer por la fuerza su visión de mundo y sociedad, coartando los derechos de los demás chilenos. Ese es el peligro real del avance del discurso evangélico, que nada tiene que ver con las enseñanzas de Jesús de amor al prójimo, de compartir, de centrarse en los más pobres y vulnerables, de su cercanía con las minorías de su época y con su propio nacimiento en un pesebre rodeado de animales. Los pastores han sabido explotar ese discurso que define los bienes materiales como bendiciones de Dios y que, por ello, cuánto más riquezas y fortunas, más bendecido son los hermanos en la fe. De allí la acumulación de riqueza de reverendos y pastores en Chile y todavía con mayor énfasis en otros países como Brasil, donde muchos acumulan millones de dólares.
Nadie puede abstraerse de la participación política y está bien que las iglesias evangélicas adopten posición frente a los temas terrenales, pero cuando esas ideas y doctrina se oponen a los fundamentos de la democracia, puede llegar a constituir un riesgo para el pluralismo y la diversidad que toda sociedad debe tener.




