Una interpelación ética desde la Patagonia al Oficialismo
Miguel Angel Rojas Pizarro
La historia oficial ha sido selectiva con sus héroes. Desde niños se nos enseñó a venerar a Arturo Prat y a O’Higgins, figuras fundamentales, sin duda, pero inscritas en un panteón construido desde el Estado, las élites y el relato del orden. Sin embargo, esa misma historia ha olvidado sistemáticamente a sus héroes populares: a quienes no murieron por una patria abstracta, sino por una justicia concreta. Entre ellos está Ramona Parra, una muchacha de apenas 19 años, cuya vida y muerte entregaron una lección ética y política que incomoda hasta hoy.
Cada 28 de enero se recuerda, aunque no siempre con la profundidad que merece la muerte de Ramona Parra, joven militante comunista asesinada en 1946 durante la represión policial a una manifestación obrera en Santiago, en lo que la historia registra como la Masacre de la Plaza Bulnes. No se trata únicamente de una efeméride ni de un acto ritual: es una fecha incómoda, porque recuerda hasta dónde puede llegar el Estado cuando el pueblo organizado desafía el orden social existente.
Ramona Parra no fue una víctima circunstancial ni un “error policial”. Fue una joven trabajadora, militante consciente y organizada, cuya muerte expresa con crudeza una época en la que la política se vivía con una mística de compromiso total, donde la coherencia entre palabra y acción implicaba riesgos reales. Su figura no admite lecturas neutras ni tibias: Ramona representa denuncia social, sacrificio y consecuencia histórica. No murió en un campo de batalla extranjero ni en una gesta épica narrada por manuales escolares; murió en una calle de Santiago, exigiendo dignidad para los trabajadores.
Esa densidad ética es la que recoge Pablo Neruda en el poema que le dedica, transformando el asesinato en memoria viva y en mandato colectivo. El poema no busca consolar ni estetizar la tragedia: busca comprometer. Neruda politiza el duelo y convierte la muerte de Ramona en una obligación moral para las generaciones posteriores. La sangre derramada no clausura una historia; la abre.
A casi ocho décadas de su asesinato, la pregunta se vuelve inevitable: ¿qué han hecho con ese legado las fuerzas que hoy se reconocen como herederas de la izquierda? Esta interpelación no es solo nacional. También debe formularse desde los territorios.
En la Región de Aysén, históricamente postergada y distante del centro del poder, la memoria obrera y popular adquiere un sentido particular. Aquí, donde se habló de un “gobierno de los trabajadores”, la experiencia cotidiana mostró contradicciones profundas. A nivel regional, diversas autoridades enfrentaron sumarios administrativos por malos tratos laborales, y varias debieron dejar sus cargos como consecuencia de prácticas que contradicen cualquier discurso de dignidad y respeto al trabajo.
Más grave aún, en nombre de la confianza política, se instalaron en cargos de mando medio jefaturas con prácticas abusivas, muchas de ellas provenientes de fuera de la región, desconociendo el recurso humano local y privilegiando pagos políticos en desmedro de profesionales preparados y con trayectoria territorial.
En paralelo, los partidos políticos oficialistas que decían representar a la clase trabajadora se encerraron en cúpulas de poder, abandonando la fraternidad militante y el trabajo de base. En Aysén, como en otras regiones, muchos militantes dejaron de participar no por apatía, sino por desencanto. Algunos partidos terminaron operando como club familiar o de amistades, donde el resto era visto como enemigo. Autoridades más preocupadas de acomodar a hijos y cercanos que de fortalecer equipos con profesionales idóneos. No fueron errores aislados, sino una desviación estructural.
Este diagnóstico alcanza al Frente Amplio, al Partido Comunista de Chile y a los partidos tradicionales del oficialismo. Durante el gobierno de Gabriel Boric, se optó mayoritariamente por la moderación, el orden y la administración del marco existente. No se gobernó como derecha, pero se gobernó de una forma aceptable para ella.
La pregunta, entonces, debe ser directa y honesta: ¿cuál fue realmente nuestro sello como izquierda regional en estos cuatro años? ¿En qué se diferencias Seremis y directores de servicios, en la práctica, de las autoridades del período anterior de Sebastián Piñera entre 2018 y 2022? ¿Lideramos un proyecto transformador o fuimos simples administradores del mismo orden que criticábamos? Cuando la diferencia se vuelve difusa, la ciudadanía no castiga la ideología; castiga la incoherencia.
Tal vez el problema no fue solo de gestión, sino también de memoria política. Olvidamos nuestra esencia cuando apoyamos campañas municipales sin evaluar con claridad los proyectos que había detrás. En el caso del actual alcalde de Coyhaique (Ex DC), no es menor recordar que, en ese momento, sus principales apoyos y asesores claves provenían de partidos de derecha (RN), lo que terminó desdibujando cualquier identidad transformadora. El resultado está a la vista: pérdida del municipio, de la gobernación regional Aysen y de la mayoría en el Consejo Regional. No fue una derrota inevitable; fue una consecuencia política.
Hoy, en un escenario adverso, el rol de nuestras parlamentarias será fundamental. No solo como voces críticas, sino como articuladoras de unidad, memoria y sentido histórico. Su tarea no es administrar el repliegue, sino liberar al sector de la lógica cupular, recomponer vínculos y devolverle a la izquierda una dirección ética reconocible. Cuando la izquierda deja de incomodar al poder, deja de ser izquierda.”
Por eso Ramona Parra incomoda. Porque no representa consenso, sino conflicto; no representa cálculo, sino convicción; no representa comodidad, sino riesgo. Su figura recuerda que hubo una izquierda que entendía la política como una práctica ética radical, no como una carrera institucional.
Inspirarse en Ramona Parra, en la Comandante Tamara y en tantos otros y otras no implica repetir sus caminos ni romantizar la violencia. Implica algo más exigente: recuperar la coherencia, asumir costos, decir verdades incómodas y volver a poner el proyecto colectivo por sobre la supervivencia individual y partidaria.
Si la izquierda quiere volver a tener sentido histórico, deberá atreverse a mirarse sin indulgencia, reconocer sus renuncias y reconstruir una mística que no se compre con marketing ni se administre desde el poder. Porque sin catarsis no hay proyecto, y sin convicciones no hay izquierda.
Hoy, más que declaraciones, la izquierda también en Aysén necesita una catarsis profunda y honesta. Reconocer errores, asumir responsabilidades y volver a los valores de Ramona Parra. Porque si no somos capaces de hacer esa revisión ética, la pregunta final se vuelve inevitable y brutal: ¿Para qué queremos volver a ser gobierno en el 2030? ¿Para que los mismos de siempre renueven el auto?
Ramona Parra no pidió homenajes. Exige desde la historia coherencia, consecuencia y dignidad.
Si tuviese yo las telas bordadas del cielo, Recamadas con luz dorada y plateada, Las telas azules y las tenues y las oscuras De la noche y la luz y la media luz, Extendería las telas bajo tus pies: Pero, siendo pobre, sólo tengo mis sueños; He extendido mis sueños bajo tus pies; Pisa suavemente, pues pisas mis sueños. William Butler Yeats (1899)








