En política, nada es permanente. Lo que hoy parece impensable, mañana puede discutirse en los horarios prime time de la hegemónica televisión chilena a través de politólogos de turno y pasado mañana convertirse en política de Estado. Esa mutabilidad e inestabilidad del sentido común no es azarosa ni tampoco espontánea, es el resultado de disputas, operaciones y luchas simbólicas que atraviesan a todas las sociedades. A fines de los años ochenta, el politólogo estadounidense Joseph Overton le puso nombre a ese fenómeno.
El concepto describe el rango de ideas que, en un momento histórico determinado, son consideradas aceptables o viables para el debate público. Por fuera de esa ventana quedan las propuestas vistas como extremas, inviables o directamente impensables. Sin embargo, esa ventana no es fija, sino que se mueve. Y cuando se mueve, corre el cerco de lo decible, de lo tolerable y, finalmente, de lo posible.
La clave está justamente ahí. No se trata solo de qué políticas se implementan, sino de cuáles pueden siquiera ser nombradas sin escándalo, ideas que en un momento generan rechazo social pueden, con el tiempo, volverse razonables, moderadas o incluso necesarias. No lo sabremos en Chile cuya disputa del sentido común y de la narrativa nos hace hablar casi todo el día de temas que, si lo vemos con datos en la mano, no son de los más importantes. Hay una imposición del relato a través de diversas plataformas, siendo probablemente las más importantes, los medios de comunicación.
Del mismo modo, consensos que parecían sólidos pueden desmoronarse y quedar fuera del marco de lo aceptable. La ventana de Overton no solo describe un proceso, también revela una estrategia.
Mucho antes de que Overton sistematizara esta idea, el pensador marxista italiano Antonio Gramsci ya había advertido que el poder no se sostiene únicamente por la coerción económica o política, sino fundamentalmente por la hegemonía cultural. Para el pensador italiano, las clases dominantes logran perpetuarse cuando consiguen imponer su visión del mundo como “sentido común”, naturalizando valores, creencias y narrativas a través de la educación, los medios de comunicación y las instituciones.
Gramsci llamó a esto batalla cultural, es decir, una lucha permanente por el significado de las cosas, por el relato que organiza la realidad social. En ese terreno, las clases subalternas no solo deben disputar mejores condiciones materiales, sino construir una contra hegemonía capaz de cuestionar lo que aparece como obvio, inevitable o natural.
La ventana de Overton y la teoría gramsciana de la hegemonía se cruzan de manera directa. Correr el cerco de lo aceptable es, en el fondo, disputar el sentido común. Cuando determinados actores políticos o mediáticos instalan temas, exageran amenazas o banalizan propuestas extremas, no buscan convencer de inmediato, sino que buscan habituar. Hacer que lo inaceptable deje de sorprender, que lo impensable empiece a discutirse, que lo extremo se vuelva una opción más en el menú democrático. Y allí tenemos al agente naranja hablando de propiedad completa sobre países, territorios y continentes, algo que de a poco se ha ido naturalizando.
Así, la batalla cultural no siempre se da con argumentos sofisticados, sino con repetición, provocación y desgaste y mentiras, muchas mentiras. Lo que ayer escandalizaba, hoy cansa, lo que hoy cansa, mañana se tolera. Y lo que se tolera, tarde o temprano, se termina legitimando.
Pero este proceso no es unidireccional ni irreversible. Así como la ventana puede correrse hacia posiciones regresivas, también puede moverse en sentido contrario. Derechos que hoy parecen consolidados fueron, en su momento, ideas radicales empujadas desde los márgenes. ¿Quién hace 100 años podría pensar en jornadas de 8 horas, vacaciones o un sistema social? Había indicios, disputas, sangre. Las conquistas sociales, laborales y civiles no surgieron dentro de la ventana, sino forzándola.
Por eso, entender cómo opera la ventana de Overton no es un ejercicio académico, sino una herramienta política. Permite advertir cuándo se está naturalizando el retroceso, cuándo se corre el cerco para achicar derechos, y cuándo se intenta redefinir el sentido común en favor de intereses concentrados. ¿O acaso no es algo así cuando se nombran representantes del empresariado en los ministerios?. Se corre el cerco, se acorrala el sentido común de las mayorías para que terminen aceptando los términos de un minúsculo grupo que tiene, mantiene y expande el control. Pero también recuerda que ninguna hegemonía es eterna y que toda narrativa dominante puede ser disputada.
En tiempos de polarización política, fake news y discursos de odio amplificados contra migrantes, minorías, pobres, indígenas y quienes buscan ampliar derechos sociales, la batalla cultural se vuelve más visible y más cruda. No se trata solo de ganar o perder elecciones, sino de definir qué sociedad es imaginable. Porque, al final, la política no empieza cuando se vota una ley, sino cuando una idea deja de parecer imposible para encarnar en un derecho consolidado, que nunca, nunca puede darse por sentado.








