Pasadas algunas semanas desde la derrota electoral presidencial de la centroizquierda, esto es, de los partidos que conformaron la Unidad por Chile y que respaldaron la candidatura de Jeannette Jara, es bueno levantar algunas conclusiones que no pueden seguir postergándose con análisis cosméticos.
La primera, y quizás la más evidente, es la profunda penetración que tuvieron en el electorado los discursos de seguridad y migración. En tiempos de incertidumbre, cuando se instala la percepción de caos, el orden, la mano dura y las respuestas simples y sencillas se transforman en una opción atractiva para amplios sectores de la población y fue lo que ocurrió con siete millones de chilenos y chilenas que votaron por Kast.
Este escenario nos hace preguntarnos ¿qué debería hacer la izquierda tras esta dura derrota electoral? Tal vez el primer paso sea diseñar una nueva estrategia comunicacional y ajustar el relato, la narrativa y disputar el sentido común sin duda, pero también hacer algo mucho más profundo preguntarse qué es hoy la izquierda en Chile e incluso más básico aún, preguntarse si realmente existe una izquierda en el país.
La izquierda no puede reducirse únicamente a la ampliación de derechos sociales, una bandera que hoy también levantan sectores de la derecha europea, pero sin cuestionar en absoluto el modelo económico. Ser de izquierda implica, o debiera implicar, una definición clara respecto a cómo se transforman las condiciones materiales de vida de las mayorías, conciencia de clase, una postura crítica frente al capitalismo y una lectura antiimperialista del orden mundial. Sin ese sustrato, lo que queda es una administración más amable del mismo sistema que reproduce desigualdad, es como hemos dicho en varias oportunidades la administración de lo que ya hay y eso ha demostrado ser la tumba de una verdadera izquierda.
En ese sentido, resulta evidente que gran parte del conglomerado que apoyó a Jeannette Jara se mueve más bien en coordenadas liberales, progresistas o la denominada cultura “woke”, corrientes que, si bien levantan luchas legítimas, suelen quedarse en cambios estéticos o simbólicos que no tensionan el corazón del sistema. Son demandas que caben perfectamente dentro del marco del capitalismo contemporáneo, de eso que llaman algunos el capitalismo consciente y que incluso puede incorporarlas, mercantilizarlas y neutralizarlas, como ha demostrado el neoliberalismo, que tiene esa increíble capacidad para mercantilizar todo, incluso estas luchas legítimas.
Hay una frase que lo resume con toda crudeza “ecologismo sin lucha de clases es jardinería”. Y lo mismo puede decirse de muchas otras causas. El propio sistema ha sido hábil en compartimentar las luchas, aislándolas unas de otras, haciendo que cada grupo mire hacia adentro, defienda su causa específica, pero sin articular un proyecto común capaz de cuestionar el origen estructural de las desigualdades, que no es otra cosa que las condiciones materiales de vida.
La derrota electoral no es solo un problema de campaña, liderazgo o relato. Es, ante todo, una crisis política e ideológica de una izquierda que no ha sido capaz de articular un discurso para los nuevos tiempos, cuyos representantes han querido “abuenarse” con la derecha pensando que así serán menos de derechas, que han salvado a los medios de comunicación del fascismo con financiamiento estatal, esa seudo izquierda es el enemigo del pueblo.
Sin una izquierda que se atreva a nombrar al adversario real, a disputar el sentido común, el relato, la narrativa y a ofrecer un horizonte de transformación material, el espacio seguirá siendo ocupado por quienes prometen orden a cualquier costo. Y en ese escenario, la mano dura no es una anomalía, es la consecuencia lógica de ese vacío.
Por eso creemos que el peor enemigo del pueblo es esa izquierda cobarde que le pavimenta el camino con flores a quienes buscan aplastarte, con esa supuesta moralidad de morir en el paredón con la conciencia tranquila por haber negociado e intentado el consenso hasta el final, pero muertos, al fin y al cabo.
La derecha no duda ni por un momento, mientras la izquierda lo hace a cada rato y allí ya perdió la batalla.
En momentos históricos la tibieza la paga el pueblo.








