Por Pablo Reyes Flores
El 5 de octubre de 1988 quedó grabado en la memoria colectiva como uno de los días más luminosos de nuestra historia. Esa jornada, millones de chilenas y chilenos, con miedo en el cuerpo, se volcaron con esperanza a las urnas y dijeron No a la dictadura. No a la censura, no al miedo, no a la violencia institucionalizada. Fue el momento en que, después de años de oscuridad, el pueblo recuperó la certeza de que su voz tenía poder.
Sin embargo, es una visión incompleta y peligrosa creer que fue solo con un lápiz y un papel que se derrotó a la dictadura. La realidad histórica, compartida por vastos sectores del movimiento popular y partidos de izquierda, nos recuerda con fuerza que ese triunfo electoral fue la coronación de una lucha de años, sostenida por la resistencia organizada del pueblo. Fue la consecuencia de la movilización social, de las protestas nacionales iniciadas en 1983, de las jornadas de lucha y sacrificio donde el pueblo, incluyendo a sus sectores más combativos, puso el pecho a la represión. Fueron los trabajadores, los estudiantes, los pobladores, los artistas, los profesionales democráticos y los partidos políticos perseguidos quienes, con su tenacidad, hicieron insostenible la continuidad de la dictadura en su formato original.
Ese día aprendimos que la democracia no se hereda ni se regala: se conquista en la calle y se ratifica en las urnas. Se conquista con organización, con participación, y, sobre todo, con la valentía de quienes, por más de una década, se atrevieron a desafiar al poder más brutal y cruel de nuestra historia reciente, muchos de los cuales pagaron con su vida, su libertad o su exilio.
A casi cuatro décadas de esa gesta, Chile enfrenta otra encrucijada. No vivimos una dictadura, pero sí un tiempo de riesgos y amenazas que no podemos minimizar. La ultraderecha, con sus discursos de odio, su desprecio por los derechos sociales, su mirada autoritaria disfrazada de “orden”, intenta abrirse paso en la política nacional. Prometen seguridad, pero a costa de restringir libertades, prometen estabilidad, pero entregando el país a la desigualdad de siempre.
La memoria del 88, en su sentido más profundo, nos recuerda algo vital: la democracia nunca está asegurada. Si nos confiamos, si nos dejamos llevar por la apatía o el desencanto, dejamos el espacio libre para quienes no creen en ella, para quienes están dispuestos a retroceder en derechos conquistados con esfuerzo, dolor y movilización popular.
El plebiscito del 5 de octubre fue el triunfo del coraje colectivo, forjado en la lucha popular, haciendo frente al miedo. Hoy la pregunta es si tendremos ese mismo coraje para defender lo que se ha construido en democracia: libertad de prensa, pluralismo, instituciones, y sobre todo la posibilidad de seguir ampliando derechos sociales —salud, educación, trabajo digno, igualdad— sin que nadie nos diga que son “lujos” inalcanzables.
El desafío de estas elecciones presidenciales no es menor. Votar no es simplemente elegir a una persona: es decidir qué país queremos ser. Si queremos uno donde se respeten los derechos humanos, donde se profundicen los derechos sociales, donde la diversidad y la justicia social sean principios intransables, o si aceptamos volver a un Chile marcado por la exclusión, la represión y la desigualdad estructural.
El 5 de octubre de 1988 fue el día en que Chile le dijo al mundo: queremos democracia, queremos dignidad, queremos futuro. Pero ese grito no nació de la nada; fue el eco de todas las voces calladas por la represión y de todas las consignas coreadas en las protestas. Hoy debemos honrar esa memoria de lucha, no solo la del voto, sino la de la resistencia. Con la misma fuerza. No podemos retroceder. No podemos permitir que el miedo nos divida. No podemos regalar lo que tanto costó conquistar con sangre, sudor y organización.
En estas elecciones, como en aquel plebiscito, la historia no se escribirá sola. La escribiremos con nuestro voto, con nuestra conciencia, con nuestra memoria y, si es necesario, con la misma capacidad de movilización que demostró nuestro pueblo para tumbar a una tiranía. Porque el Chile que soñamos todavía está en disputa, y depende de nosotros defenderlo y construirlo.








