Las crudas imágenes ponen la piel de gallina. Un dron del ejército israelí detona en un hospital de Gaza, provocando decenas mueren en el acto. Un grupo de periodistas, que intentaban cumplir con la misión más elemental de su oficio —contar la verdad— también sufre el ataque. Minutos después, otra bomba los hace desaparecer. No es un error, no es un accidente: es la sistemática decisión de convertir la muerte en rutina, sin códigos mínimos de humanidad.
Esto que podría parecer una excepción en una guerra que ya supera las sesenta mil víctimas, la mayoría mujeres y niños, es en realidad la norma. Atacar, matar, eliminar. No solo a combatientes, sino también a quienes se acercan a los puestos de comida en busca de un trozo de pan. No hay nada más bajo, más cruel, más inhumano que convertir la desesperación en blanco militar.
Pero la violencia no se detiene en el hambre, también apunta contra quienes intentan mostrarlo. Más de doscientos periodistas y comunicadores han sido asesinados en Gaza, en lo que constituye el mayor ataque contra la prensa en décadas. Silenciar la palabra es importante para el ejército israelí, como lo es destruir un hospital o una escuela. Es obvio que, si nadie cuenta lo que ocurre, el crimen se diluye en la sombra de la indiferencia. Esa misma indiferencia de organismos internacionales y de la comunidad mundial que no exige parar esta ejecución que vemos a diario en vivo y en directo. Es necesario parar el genocidio de Israel y su régimen.
El genocidio no solo arrasa con vidas, quiere arrasar con la memoria, con la capacidad de narrar lo que está pasando. Una de las batallas más urgentes es resistir al silencio. Cada video, cada fotografía, cada crónica de un reportero desde el terreno es un acto de dignidad frente al intento de exterminar a un pueblo entero.
Quienes aún justifican o relativizan estos crímenes deberían preguntarse qué clase de civilización se construye cuando la masacre de inocentes y el asesinato de periodistas se convierten en rutina. También desde acá, a miles de kilómetros condenamos el asesinato de colegas, deberíamos ser muchos más levantando la voz desde cualquier lugar del mundo
El mundo no puede seguir mirando hacia otro lado, porque no se trata solo de Gaza, se trata de la existencia de humanidad misma.








