Elías Muñoz Oyarzo
En el lenguaje cotidiano del trabajo y de la vida social, parte importante de nuestros colegas hablan, vociferan a cuatro vientos una consigna brutal que es fruto de la colonización neoliberal de nuestro pensamiento, de décadas de disputa del sentido común perdido a manos del conservadurismo político y económico.
Nos dicen “tienes que saber venderte”. La frase, tan común en entrevistas laborales, en cursos de liderazgo o como le llaman ahora para que suene mejor “coaching” e incluso en consejos bien intencionados de amigos, revela hasta qué punto la lógica neoliberal ha colonizado nuestras formas de vernos a nosotros mismos. Bajo esa óptica, la persona no es un ser humano, un sujeto de historia y de dignidad personal, sino una mercancía que debe exhibir cualidades en un mercado competitivo, donde aparecemos en un escaparate para que nos elijan, y eso se transmite en lo laboral e incluso en la elección de parejas. La verdad, me resisto a pensar que somos eso.
Marx ya había advertido que el capitalismo transforma todo, absolutamente todo en una mercancía. No sólo los bienes materiales, sino también el tiempo, la fuerza de trabajo, la creatividad, el conocimiento, e incluso los vínculos afectivos.
Lo que ayer se entendía como valores humanos, tales como la solidaridad, dignidad, la creación y los proyectos colectivos, hoy aparece traducido en lo que se conoce como habilidades blandas, ventajas competitivas o capital humano. La vida, reducida a una etiqueta de supermercado, a un código de barra.
Pero la persona no es un objeto, una mercancía que se compra y se vende. La persona es historia, memoria, contradicción y potencial creador. Somos sujetos con capacidad de transformar la realidad, no un producto que espera un comprador. El lenguaje de saber venderse es profundamente deshumanizante, porque nos obliga a asumirnos como cosas útiles sólo en la medida en que generamos rentabilidad para otro. De allí que se castiguen los espacios de reflexión, de ocio humano.
Desde una perspectiva marxista, se trata de rechazar esa cosificación y recuperar el sentido humano del trabajo y de la existencia. El trabajo no debería ser un medio para valorizarnos en el mercado, para ponernos en una vitrina o acumular like en una red social, sino una actividad creativa, colectiva y digna, que nos permita realizarnos como seres sociales, colectivos. En vez de vendernos como producto, deberíamos poder entregar lo que somos, construir en comunidad, aportar sin sentir que nuestro valor como ser humano depende de cuán bien encajamos en el molde neoliberal.
Rechazar la consigna de véndete mejor, tantas veces escuchada como bofetada de realidad, no es ingenuidad ni romanticismo. Es un acto profundamente político. Es afirmar que no aceptamos reducir nuestra vida a un currículum, una marca personal o un perfil en redes sociales, es recordar que detrás de cada trabajador, trabajadora, funcionario público, estudiante, poblador o artista, hay un ser humano cuya dignidad no tiene, ni tendrá precio.
Porque la persona no se vende. Se emancipa. La persona no es una mercancía.








