Señor presidente, señoras y señores delegados:
Agradezco el alto honor que se me hace al invitarme a ocupar esta tribuna, la más
representativa del mundo y el foro más importante y de mayor trascendencia en todo
lo que atañe a la humanidad. Saludo al señor secretario general de las Naciones
Unidas, a quien tuvimos el agrado de recibir en nuestra patria las primeras semanas
de su mandato, y a los representantes de más de 130 países que integran la
Asamblea.
A usted, señor presidente, proveniente de un país con el cual nos unen lazos
fraternales y a quien personalmente apreciamos cuando encabezó la delegación de la
República Popular de Polonia a la tercera UNCTAD, junto con rendir homenaje a su
alta investidura, deseo agradecerle sus palabras tan significativas y calurosas.
Vengo de Chile, un país pequeño, pero donde hoy cualquier ciudadano es libre de
expresarse como mejor prefiera, de irrestricta tolerancia cultural, religiosa e
ideológica, donde la discriminación racial no tiene cabida. Un país con una clase
obrera unida en una sola organización sindical, donde el sufragio universal y secreto
es el vehículo de definición de un régimen multipartidista, con un Parlamento de
actividad ininterrumpida desde su creación hace 160 años, donde los tribunales de
justicia son independientes del Ejecutivo, en que desde 1833 sólo una vez se ha
cambiado la carta constitucional, sin que ésta prácticamente jamás haya dejado de
ser aplicada. Un país donde la vida pública está organizada en instituciones civiles,
que cuenta con Fuerzas Armadas de probada formación profesional y de hondo
espíritu democrático. Un país de cerca de diez millones de habitantes que en una
generación ha dado dos premios Nobel de Literatura, Gabriela Mistral y Pablo
Neruda, ambos hijos de modestos trabajadores. En mi patria, historia, tierra y
hombre se funden en un gran sentimiento nacional.
Pero, Chile es también un país cuya economía retrasada ha estado sometida e
inclusive enajenada a empresas capitalistas extranjeras, que ha sido conducido a un
endeudamiento externo superior a los cuatro mil millones de dólares, cuyo servicio
anual significa más del 30% del valor de sus exportaciones; un país con una
economía extremadamente sensible ante la coyuntura externa, crónicamente
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estancada e inflacionaria, donde millones de personas han sido forzadas a vivir en
condiciones de explotación y miseria, de cesantía abierta o disfrazada.
Los problemas de Chile son los del Tercer Mundo
Hoy vengo aquí porque mi país está enfrentado a problemas que en su trascendencia
universal son objeto de la permanente atención de esta Asamblea de las Naciones
Unidas: la lucha por la liberación social, el esfuerzo por el bienestar y el progreso
intelectual, la defensa de la personalidad y dignidad nacionales.
La perspectiva que tenía ante sí mi patria, como tantos otros países del Tercer
Mundo, era un modelo de la modernización reflejo, que los estudios técnicos y la
realidad más trágica coinciden en demostrar que está condenado a excluir de las
posibilidades de progreso, bienestar y liberación social a más y más millones de
personas, relegándolas a una vida subhumana. Modelo que va a producir mayor
escasez de viviendas, que condenará a un número cada vez más grande de
ciudadanos a la cesantía, al analfabetismo, a la ignorancia y a la miseria fisiológica.
La misma perspectiva, en síntesis, que nos ha mantenido en una relación de
colonización o dependencia. Que nos ha explotado en tiempos de guerra fría, pero
también en tiempos de conflagración bélica y también en tiempos de paz. A nosotros,
los países subdesarrollados, se nos quiere condenar a ser realidades de segunda
clase, siempre subordinadas.
Éste es el modelo que la clase trabajadora chilena, al imponerse como protagonista
de su propio devenir, ha resuelto rechazar, buscando en cambio un desarrollo
acelerado, autónomo y propio, transformando revolucionariamente las estructuras
tradicionales.
Economía del pueblo y para el pueblo
El pueblo de Chile ha conquistado el gobierno tras una larga trayectoria de
generosos sacrificios, y se encuentra plenamente entregado a la tarea de instaurar la
democracia económica, para que la actividad productiva responda a necesidades y
expectativas sociales, y no a intereses de lucro particular. De modo programado y
coherente, la vieja estructura apoyada en la explotación de los trabajadores y en el
dominio por una minoría de los principales medios de producción, está siendo
superada. En su reemplazo surge una nueva estructura dirigida por los trabajadores
que, puesta al servicio de los intereses de la mayoría, está sentando las bases de un
crecimiento que implica desarrollo auténtico, que involucra a todos los habitantes, y
no margina a vastos sectores de conciudadanos a la miseria y relegación social.
Los trabajadores están desplazando a los sectores privilegiados del poder político y
económico, tanto en los centros de labor, como en las comunas y en el Estado. Éste
es el contenido revolucionario del proceso que está viviendo mi país, de superación
del sistema capitalista y de apertura hacia el socialismo.
Era preciso nacionalizar los recursos
La necesidad de poner al servicio de las enormes carencias del pueblo la totalidad de
nuestros recursos económicos, iba a la par con la recuperación para Chile de su
dignidad. Debíamos acabar con la situación de que nosotros, los chilenos,
debatiéndonos contra la pobreza y el estancamiento, tuviéramos que exportar
enormes sumas de capital en beneficio de la más poderosa economía de mercado del
mundo. La nacionalización de los recursos básicos constituía una reivindicación
histórica. Nuestra economía no podía tolerar por más tiempo la subordinación que
implicaba tener más de 80% de sus exportaciones en manos de un reducido grupo
de grandes compañías extranjeras que siempre han antepuesto sus intereses a las
necesidades de los países en los cuales lucran. Tampoco podíamos aceptar la lacra
del latifundio, los monopolios industriales y comerciales, el crédito de beneficios de
unos pocos, las brutales desigualdades en la distribución del ingreso.
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El camino revolucionario que Chile está siguiendo, el cambio de la estructura del
poder que estamos llevando a cabo, el progresivo papel directivo que en ella asumen
los trabajadores, la recuperación nacional de las riquezas básicas, la liberación de
nuestra patria de la subordinación a las potencias extranjeras, son la culminación
de un largo período de nuestra historia, de esfuerzo por imponer las libertades
políticas y sociales, de heroica lucha de varias generaciones de obreros y campesinos
por organizarse como fuerza social, para conquistar el poder político y desplazar a
los capitalistas del poder económico.
Hoy el pueblo manda
Su tradición, su personalidad, su conciencia revolucionaria, permiten al pueblo
chileno impulsar el proceso hacia el socialismo fortaleciendo las libertades cívicas,
colectivas e individuales, respetando el pluralismo cultural e ideológico. El nuestro
es un combate permanente por la instauración de las libertades sociales, de la
democracia económica, mediante el pleno ejercicio de las libertades políticas.
La voluntad democrática de nuestro pueblo ha asumido el desafío de impulsar el
proceso revolucionario dentro de los marcos de un Estado de Derecho altamente
institucionalizado, que ha sido flexible a los cambios y que hoy está frente a la
necesidad de ajustarse a la nueva realidad socioeconómica.
Utilidades desorbitadas e increíbles
Hemos nacionalizado las riquezas básicas. Hemos nacionalizado el cobre. Lo hemos
hecho por decisión unánime del Parlamento, donde los partidos de gobierno están en
minoría. Queremos que todo el mundo lo entienda claramente: no hemos confiscado
las empresas extranjeras de la minería del cobre. Eso sí, de acuerdo con
disposiciones constitucionales, reparamos una injusticia histórica, al deducir de la
indemnización las utilidades por ellas percibidas más allá de un 12% anual, a partir
de 1955.
Las utilidades que habían obtenido en el transcurso de los últimos quince años
algunas de las empresas nacionalizadas eran tan exorbitantes, que al aplicárseles
como límite de utilidad razonable el 12% anual, esas empresas fueron afectadas por
deducciones de significación.
Tal es el caso, por ejemplo, de una filial de Anaconda Company, que entre 1955 y
1970 obtuvo en Chile una utilidad promedio del 21,5% anual sobre su valor libro,
mientras las utilidades de Anaconda en otros países alcanzaban sólo un 3,6% al año.
Ésa es la situación de una filial de Kennecott Copper Corporation que, en el mismo
período, obtuvo en Chile una utilidad promedio del 52,8% anual, llegando en
algunos años a utilidades tan increíbles como el 106 % en 1967, el 113 % en 1968 y
más del 205% en 1969.
El promedio de las utilidades de Kennecott en otros países alcanzaba, en la misma
época, a menos de 10% anual. Sin embargo, la aplicación de la norma constitucional
ha determinado que otras empresas cupríferas no fueran objeto de descuentos por
concepto de utilidades excesivas, ya que sus beneficios no excedieron el límite
razonable del 12% anual.
Con inversión de 30 millones se llevaron más de cuatro mil millones de dólares
Cabe destacar que en los años inmediatamente anteriores a la nacionalización, las
grandes empresas del cobre habían iniciado planes de expansión, los que en gran
medida han fracasado y para los cuales no aportaron recursos propios, no obstante
las grandes utilidades que percibían y que financiaron a través de créditos externos.
De acuerdo con las disposiciones legales, el Estado chileno ha debido hacerse cargo
de esas deudas, las que ascienden a la enorme cifra de más de 727 millones de
dólares. Hemos empezado a pagar incluso deudas que una de estas empresas había
contraído con Kennecott, su compañía matriz en Estados Unidos.
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Estas mismas empresas, que explotaron el cobre chileno durante muchos años, sólo
en los últimos cuarenta y dos años se llevaron, en ese lapso, más de cuatro mil
millones de dólares de utilidad, en circunstancias que su inversión inicial no subió
de treinta millones. Un simple y doloroso ejemplo, un agudo contraste: en mi país
hay seiscientos mil niños que jamás podrán gozar de la vida en términos
normalmente humanos, porque en sus primeros ocho meses de existencia no
recibieron la cantidad elemental de proteínas. Cuatro mil millones de dólares
transformarían totalmente a Chile. Sólo parte de esa suma, aseguraría proteínas
para siempre a todos los niños de mi patria.
El cobre de Chile es de Chile
La nacionalización del cobre se ha hecho observando escrupulosamente el
ordenamiento jurídico interno, y con respeto a las normas del derecho internacional,
el cual no tiene por qué ser identificado con los intereses de las grandes empresas
capitalistas.
Éste es, en síntesis, el proceso que mi patria vive, que he creído conveniente
presentar ante esta asamblea, con la autoridad que nos da el que estamos
cumpliendo con rigor las recomendaciones de las Naciones Unidas y apoyándonos en
el esfuerzo interno como base del desarrollo económico y social.
Aquí, en este foro, se ha aconsejado el cambio de las instituciones y de las
estructuras atrasadas: la movilización de los recursos nacionales, naturales y
humanos; la redistribución del ingreso; dar prioridad a la educación y a la salud, así
como a la atención de los sectores más pobres de la población. Todo esto es parte
esencial de nuestra política y se halla en pleno proceso de ejecución.
Por eso resulta tanto más doloroso tener que venir a esta tribuna a denunciar que mi
país es víctima de una grave agresión.
La vieja agresión del imperialismo
Habíamos previsto dificultades y resistencias externas para llevar a cabo nuestro
proceso de cambios, sobre todo frente a la nacionalización de nuestros recursos
naturales. El imperialismo y su crueldad tienen un largo y ominoso historial en
América Latina y está muy cerca la dramática y heroica experiencia de Cuba.
También lo está la del Perú, que ha debido sufrir las consecuencias de su decisión de
disponer soberanamente de su petróleo.
En plena década del 70, después de tantos acuerdos y resoluciones de la comunidad
internacional, en los que se reconoce el derecho soberano de cada país de disponer
de sus recursos naturales en beneficio de su pueblo; después de la adopción de los
pactos internacionales sobre derechos económicos, sociales y culturales, y de la
estrategia para el segundo decenio del desarrollo, que solemnizaron tales acuerdos,
somos víctimas de una nueva manifestación del imperialismo. Más sutil, más artera
y terriblemente eficaz, para impedir el ejercicio de nuestros derechos de Estado
soberano.
Intriga política y cerco económico
Desde el momento mismo en que triunfamos electoralmente el 4 de septiembre de
1970, estamos afectados por el desarrollo de presiones externas de gran
envergadura, que pretendió impedir la instalación de un gobierno libremente elegido
por el pueblo, y derrocarlo desde entonces. Que ha querido aislarnos del mundo,
estrangular la economía y paralizar el comercio del principal producto de
exportación: el cobre. Y privarnos del acceso a las fuentes de financiamiento
internacional.
Estamos conscientes de que cuando denunciamos el bloqueo financiero-económico
que nos agrede, tal situación aparece difícil de ser comprendida con facilidad por la
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opinión pública internacional y aun por algunos de nuestros compatriotas. Porque
no se trata de una agresión abierta que haya sido declarada sin embozo ante la faz
del mundo. Por el contrario, es un ataque siempre oblicuo, subterráneo, pero no por
eso menos lesivo para Chile.
Nos encontramos frente a fuerzas que operan en la penumbra, sin bandera, con
armas poderosas, apostadas en los más variados lugares de influencia.
Sobre nosotros no pesa ninguna prohibición de comerciar. Nadie ha declarado que
se propone un enfrentamiento con nuestra nación. Parecería que no tenemos más
enemigos que los propios y naturales adversarios políticos internos. No es así. Somos
víctimas de acciones casi imperceptibles, disfrazadas generalmente con frases y
declaraciones que ensalzan el respeto a la soberanía y a la dignidad de nuestro país.
Pero nosotros conocemos en carne propia la enorme distancia que hay entre dichas
declaraciones y las acciones específicas que debemos enfrentar.
No estoy aludiendo a cuestiones vagas. Me refiero a problemas concretos que hoy
aquejan a mi pueblo y que van a tener repercusiones económicas aún más graves en
los meses próximos.
La banca imperialista
Chile, como la mayor parte de los países del Tercer Mundo, es muy vulnerable frente
a la situación del sector externo de su economía. En el transcurso de los últimos
doce meses, el descenso de los precios internacionales del cobre ha significado al
país, cuyas exportaciones alcanzan a poco más de mil millones de dólares, la pérdida
de ingresos de aproximadamente 200 millones de dólares, mientras los productos,
tanto industriales como agropecuarios, que debemos importar, han experimentado
fuertes alzas, algunos de ellos hasta un 60 por ciento.
Como casi siempre, Chile compra a precios altos y vende a precios bajos.
Ha sido justamente en estos momentos, de por sí difíciles para nuestra balanza de
pagos, cuando hemos debido hacer frente, entre otras, a las siguientes acciones
simultáneas destinadas al parecer a tomar revancha del pueblo chileno por su
decisión de nacionalizar el cobre.
Hasta la iniciación de mi gobierno, Chile percibía por concepto de préstamos
otorgados por organismos financieros internacionales, tales como el Banco Mundial
y el Banco Interamericano de Desarrollo, un monto de recursos cercano a 80
millones de dólares al año. Violentamente, estos financiamientos han sido
interrumpidos.
En el decenio pasado, Chile recibía préstamos de la Agencia para el Desarrollo
Internacional del gobierno de los Estados Unidos (AID), por un valor de 50 millones
de dólares.
No pretendemos que esos préstamos sean restablecidos. Estados Unidos es soberano
para otorgar cooperación, o no, a cualquier país. Sólo queremos señalar que la
drástica suspensión de esos créditos, ha significado constricciones importantes en
nuestra balanza de pagos.
Chantaje made in USA
Al asumir la presidencia, mi país contaba con líneas de crédito a corto plazo de la
banca privada norteamericana, destinadas al financiamiento de nuestro comercio
exterior, por cerca de 220 millones de dólares. En breve plazo, se ha suspendido de
estos créditos un monto de alrededor de 190 millones de dólares, suma que hemos
debido pagar al no renovarse las respectivas operaciones.
Como la mayor parte de los países de América Latina, Chile, por razones
tecnológicas y de otro orden, debe efectuar importantes adquisiciones de bienes de
capital en Estados Unidos. En la actualidad, tanto los financiamientos de
proveedores como los que ordinariamente otorga el Eximbank para este tipo de
operaciones, nos han sido también suspendidos, encontrándonos en la anómala
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situación de tener que adquirir esta clase de bienes con pago anticipado, lo cual
presiona extraordinariamente sobre nuestra balanza de pagos.
Los programas de desarrollo estancados
Los desembolsos de préstamos contratados por Chile con anterioridad a la iniciación
de mi gobierno con agencias del sector público de Estados Unidos, y que se
encontraban entonces en ejecución, también se han suspendido. En consecuencia,
tenemos que continuar la realización de los proyectos correspondientes, efectuando
compras al contado en el mercado norteamericano, ya que, en plena marcha de las
obras, es imposible reemplazar la fuente de las importaciones respectivas. Pero para
ello, se había previsto que el financiamiento proviniera de organismos del gobierno
norteamericano.
Como resultado de acciones dirigidas en contra del comercio del cobre en los países
de Europa Occidental, nuestras operaciones de corto plazo con bancos privados de
ese continente basadas fundamentalmente en cobranzas de ventas de este metal, se
han entorpecido enormemente. Esto ha significado la no renovación de líneas de
crédito por más de 200 millones de dólares, y la creación de un clima que impide el
manejo normal de nuestras compras en tales países, así como distorsiona
agudamente todas nuestras actividades en el campo de las finanzas externas.
Wall Street castiga a Chile
Esta asfixia financiera de proyecciones brutales, dadas las características de la
economía chilena, se ha traducido en una severa limitación de nuestras
posibilidades de abastecimiento de equipos, de repuestos, de insumos, de productos
alimenticios, de medicamentos. Todos los chilenos estamos sufriendo las
consecuencias de estas medidas, las que se proyectan en la vida diaria de cada
ciudadano y naturalmente, también, en la política interna.
Lo que he descrito significa que se ha desvirtuado la naturaleza de los organismos
internacionales, cuya utilización como instrumentos de la política bilateral de
cualquiera de sus países miembros, por poderosos que sean, es jurídica y
moralmente inaceptable. Significa presionar a un país económicamente débil.
Significa castigar a un pueblo por su decisión de recuperar sus recursos básicos.
Significa una forma de intervención en los asuntos internos de un país. Esto es a lo
que denominamos imperialismo.
Señores delegados, ustedes lo saben y no pueden dejar de recordarlo: todo esto ha
sido repetidamente condenado por resoluciones de las Naciones Unidas.
Chile agredido por compañías multinacionales
No sólo sufrimos el bloqueo financiero, también somos víctimas de una clara
agresión. Dos empresas que integran el núcleo central de las grandes compañías
transnacionales, que clavaron sus garras en mi país, la International Telegraph and
Telephone Company y la Kennecott Copper Corporation, se propusieron manejar
nuestra vida política.
La ITT, gigantesca corporación cuyo capital es superior al presupuesto nacional de
varios países latinoamericanos juntos, y superior inclusive al de algunos países
industrializados, inició, desde el momento mismo en que se conoció el triunfo
popular en la elección de septiembre de 1970, una siniestra acción para impedir que
yo ocupara la primera magistratura.
Entre septiembre y noviembre del año mencionado, se desarrollaron en Chile
acciones terroristas planeadas fuera de nuestras fronteras, en colusión con grupos
fascistas internos, las que culminaron con el asesinato del comandante en jefe del
Ejército, general René Schneider, hombre justo, gran soldado, símbolo del
constitucionalismo de las Fuerzas Armadas de Chile.
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En marzo del año en curso, se revelaron los documentos que denuncian la relación
entre esos tenebrosos propósitos y la ITT. Esta última ha reconocido que inclusive
hizo en 1970 sugerencias al gobierno de Estados Unidos para que interviniera en los
acontecimientos políticos de Chile. Los documentos son auténticos.
La ITT: empresa de hampones
Posteriormente, el mundo se enteró con estupor, en julio último, de distintos
aspectos de un nuevo plan de acción que la misma ITT presentara al gobierno
norteamericano, con el propósito de derrocar a mi gobierno en el plazo de seis
meses. Tengo aquí el documento, fechado en octubre de 1971, que contiene los 18
puntos que constituían ese plan. Proponía el estrangulamiento económico, el
sabotaje diplomático, crear el pánico en la población, el desorden social, para que al
ser sobrepasado el gobierno, las Fuerzas Armadas fueran impulsadas a quebrar el
régimen democrático e imponer una dictadura.
En los mismos momentos en que la ITT proponía ese plan, sus representantes
simulaban negociar con mi gobierno una fórmula para la adquisición, por el Estado
chileno, de la participación de la ITT en la Compañía de Teléfonos de Chile. Desde
los primeros días de mi administración, habíamos iniciado conversaciones para
adquirir la empresa telefónica que controlaba la ITT, por razones de seguridad
nacional.
Personalmente, recibí en dos oportunidades a altos ejecutivos de esa empresa. En
las discusiones mi gobierno actuaba de buena fe: la ITT en cambio, se negaba a
aceptar el pago de un precio fijado de acuerdo con una tasación de expertos
internacionales. Ponía dificultades para la solución rápida y equitativa, mientras
subterráneamente intentaba desencadenar una situación caótica en el país.
La negativa de la ITT a aceptar un acuerdo directo y el conocimiento de sus arteras
maniobras, nos han obligado a enviar al Congreso un proyecto de ley de
nacionalización.
Fracasa el complot imperialista
La decisión del pueblo chileno de defender el régimen democrático y el progreso de la
revolución, la lealtad de las Fuerzas Armadas hacia su patria y sus leyes, han hecho
fracasar estos siniestros intentos.
Señores delegados: Acuso ante la conciencia del mundo a la ITT de pretender
provocar en mi patria una guerra civil. Esto es lo que nosotros calificamos de acción
imperialista.
Chile está ahora ante un peligro cuya solución no depende solamente de la voluntad
nacional, sino que de una vasta gama de elementos externos. Me estoy refiriendo a la
acción emprendida por la Kennecott Copper. Acción que, como expresó la semana
pasada el ministro de Minas e Hidrocarburos del Perú en la reunión ministerial del
Consejo Internacional de Países Exportadores de Cobre (CIPEC), trae a la memoria
del pueblo revolucionario del Perú un pasado de oprobio del que fuera protagonista
la International Petroleum Co., expulsada definitivamente del país por la revolución.
Nuestra Constitución establece que las disputas originadas por las
nacionalizaciones, deben ser resueltas por un tribunal que, como todos los de mi
país, es independiente y soberano en sus decisiones. La Kennecott Copper aceptó
esta jurisdicción y durante un año litigó ante este tribunal. Su apelación fue
denegada y entonces decidió utilizar su gran poder para despojarnos de los
beneficios de nuestras exportaciones de cobre y presionar contra el gobierno de
Chile.
Llegó en su osadía hasta a demandar, en septiembre último, el embargo del precio de
dichas exportaciones ante los tribunales de Francia, de Holanda y de Suecia.
Seguramente lo intentará también en otros países. El fundamento de estas acciones
no puede ser más inaceptable, desde cualquier punto de vista jurídico y moral.
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Cómplices legalistas de los monopolios
La Kennecott pretende que tribunales de otras naciones, que nada tienen que ver
con los problemas o negocios que existan entre el Estado chileno y la compañía
Kennecott Copper, decidan que es nulo un acto soberano de dicho Estado, realizado
en virtud de un mandato de la más alta jerarquía, como es el dado por la
Constitución Política, y refrendado por la unanimidad del pueblo chileno.
Esa pretensión choca contra principios esenciales del derecho internacional, en
virtud de los cuales los recursos naturales de un país, sobre todo cuando se trata de
aquellos que constituyen su vida, le pertenecen y pueden disponer libremente de
ellos. No existe una ley internacional aceptada por todos, o en este caso, un tratado
específico que así lo acuerde. La comunidad mundial, organizada bajo los principios
de las Naciones Unidas, no acepta una interpretación del derecho internacional
subordinada a los intereses del capitalismo, que lleve a los tribunales de cualquier
país extranjero a amparar una estructura de relaciones económicas al servicio de
aquél.
Si así fuera, se estaría vulnerando un principio fundamental de la vida internacional:
el de no intervención en los asuntos internos de un Estado, como expresamente lo
reconoció la tercera UNCTAD.
Estamos regidos por el derecho internacional, aceptado reiteradamente en las
Naciones Unidas, en particular en la resolución 1803 de la Asamblea General:
normas que acaba de reforzar la Junta de Comercio y Desarrollo, precisamente
teniendo como antecedente la denuncia que mi país formuló contra Kennecott. La
resolución respectiva, junto con reafirmar el derecho soberano de todos los países a
disponer, libremente, de sus recursos naturales, declara que: «En aplicación de este
principio, las nacionalizaciones que los Estados llevan a cabo para rescatar estos
recursos son expresión de una facultad soberana, por lo que corresponde a cada
Estado fijar las modalidades de tales medidas y las disputas que puedan suscitarse
con motivo de ellas son de recurso exclusivo de sus tribunales, sin perjuicio de lo
dispuesto en la resolución 1803 de la Asamblea General».
Ésta, excepcionalmente, permite la intervención de jurisdicciones extra nacionales,
siempre que «exista acuerdo entre Estados soberanos y otras partes interesadas».
Protección a los débiles del abuso de los fuertes
Es la única tesis aceptable en las Naciones Unidas. Es la única que está conforme
con su filosofía y sus principios. Es la única que puede proteger el derecho de los
débiles contra el abuso de los fuertes.
Como no podía ser de otra manera, hemos obtenido en los tribunales de París, el
levantamiento del embargo que pesaba sobre el valor de una exportación de nuestro
cobre. Seguiremos defendiendo sin desmayo la exclusiva competencia de los
tribunales chilenos, para conocer de cualquier diferendo relativo a la nacionalización
de nuestro recurso básico. Para Chile, esto no es sólo una importante materia de
interpretación jurídica: es un problema de soberanía. Señores delegados: es mucho
más, es un problema de supervivencia.
No aplastará la Kennecott a Chile
La agresión de la Kennecott causa perjuicios graves a nuestra economía. Solamente
las dificultades directas impuestas a la comercialización del cobre han significado a
Chile, en dos meses, pérdidas de muchos millones de dólares. Pero eso no es todo.
Ya me he referido a los efectos vinculados al entorpecimiento de las operaciones
financieras de mi país con la banca de Europa Occidental. Evidente es, también, el
propósito de crear un clima de inseguridad ante los compradores de nuestro
principal producto de exportación, lo que no logrará.
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Hacia allá se dirigen, en este momento, los designios de esta empresa imperialista,
porque no puede esperar que, en definitiva, ningún poder político o judicial prive a
Chile de lo que legítimamente le pertenece.
Busca doblegarnos. ¡Jamás lo conseguirá!
La agresión de las grandes empresas capitalistas pretende impedir la emancipación
de las clases populares. Representa un ataque directo contra los intereses
económicos de los trabajadores.
Somos dueños de nuestro destino
Señores delegados: El chileno es un pueblo que ha alcanzado la madurez política
para decidir, mayoritariamente, el reemplazo del sistema económico capitalista por el
socialista.
Nuestro régimen político ha contado con instituciones suficientemente abiertas para
encauzar esta voluntad revolucionaria sin quiebres violentos. Me hago un deber en
advertir a esta asamblea que las represalias y el bloqueo dirigidos a producir
contradicciones y deformaciones económicas encadenadas, amenazan con repercutir
sobre la paz y convivencia internas. No lo lograrán. La inmensa mayoría de los
chilenos sabrá resistirlas en actitud patriótica y digna.
Lo dije al comienzo: la historia, la tierra y el hombre nuestro se funden en un gran
sentido nacional.
El fenómeno de las corporaciones multinacionales
Ante la tercera UNCTAD tuve la oportunidad de referirme al fenómeno de las
corporaciones transnacionales, y destaqué el vertiginoso crecimiento de su poder
económico, influencia política y acción corruptora. De ahí la alarma con que la
opinión mundial debe reaccionar ante semejante realidad. El poderío de estas
corporaciones es tan grande, que traspasa todas las fronteras.
Sólo las inversiones en el extranjero de las compañías estadounidenses, que
alcanzan hoy a los 32.000 millones de dólares, crecieron entre 1950 y 1970 a un
ritmo de diez por ciento al año, mientras las exportaciones de este país aumentaron
sólo a un cinco por ciento. Sus utilidades son fabulosas y representan un enorme
drenaje de recursos para los países en desarrollo.
Sólo en un año, estas empresas retiraron utilidades del Tercer Mundo que
significaron transferencias netas en favor de ellas de 1.723 millones de dólares,
1.013 millones de América Latina, 280 de Africa, 366 del Lejano Oriente y 64 del
Medio Oriente. Su influencia y su ámbito de acción están trastocando las prácticas
del comercio entre los Estados, de transferencia tecnológica, de transmisión de
recursos entre las naciones y las relaciones laborales.
Son Estados dentro de los Estados
Estamos ante un verdadero conflicto frontal entre las grandes corporaciones y los
Estados. Éstos aparecen interferidos en sus decisiones fundamentales -políticas,
económicas y militares- por organizaciones globales que no dependen de ningún
Estado y que en la suma de sus actividades no responden ni están fiscalizadas por
ningún Parlamento, por ninguna institución representativa del interés colectivo. En
una palabra, es toda la estructura política del mundo la que está siendo socavada.
Pero las grandes empresas transnacionales no sólo atentan contra los intereses
genuinos de los países en desarrollo, sino que su acción avasalladora e incontrolada
se da también en los países industrializados donde se asientan. Ello ha sido
denunciado en los últimos tiempos en Europa y Estados Unidos, lo que ha originado
una investigación en el propio Senado norteamericano. Ante este peligro, los pueblos
desarrollados no están más seguros que los subdesarrollados. Es un fenómeno que
ya ha provocado la creciente movilización de los trabajadores organizados,
incluyendo a las grandes entidades sindicales que existen en el mundo. Una vez
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más, la actuación solidaria internacional de los trabajadores, deberá enfrentarse a
un adversario común: el imperialismo.
El problema no es sólo de Chile
Fueron estos actos los que, principalmente, decidieron al Consejo Económico y
Social de las Naciones Unidas, a raíz de la denuncia presentada por Chile, a aprobar
en julio pasado por unanimidad una resolución disponiendo la convocatoria de un
grupo de personalidades mundiales para que estudien «la función y los efectos de las
corporaciones transnacionales en el proceso de desarrollo, especialmente de los
países en desarrollo y sus repercusiones en las relaciones internacionales, y que
presente recomendaciones para una acción internacional apropiada».
El nuestro no es un problema aislado ni único. Es la manifestación local de una
realidad que nos desborda, que abarca el continente latinoamericano y al Tercer
Mundo. Con intensidad variable, con peculiaridades singulares, todos los países
periféricos expuestos a algo semejante.
El sentido de solidaridad humana que impera en los países desarrollados debe sentir
repugnancia porque un grupo de empresas lleguen a poder interferir impunemente
en el engranaje más vital de la vida de una nación, hasta perturbarlo totalmente.
El portavoz del grupo africano, al anunciar en la Junta de Comercio y Desarrollo,
hace algunas semanas, la posición de estos países frente a la denuncia que hizo
Chile por la agresión de la Kennecott Copper declaró que su grupo se solidarizaba
plenamente con Chile, porque no se trataba de una cuestión que afectara sólo a una
nación, sino que potencialmente a todo el mundo en desarrollo. Estas palabras
tienen un gran valor, porque significan el reconocimiento de todo un continente de
que, a través del caso chileno, está planteada una nueva etapa de la batalla entre el
imperialismo y los países débiles del Tercer Mundo.
Propósitos de ONU que no se cumplen
La batalla por la defensa de los recursos naturales es parte de la batalla que libran
los países del Tercer Mundo para vencer el subdesarrollo. La agresión que nosotros
padecemos hace parecer ilusorio el cumplimiento de las promesas hechas en los
últimos años en cuanto a una acción de envergadura para superar el estado de
atraso y de necesidad de las naciones de África, Asia y América Latina. Hace dos
años esta Asamblea General, con ocasión del vigésimo quinto aniversario de la
creación de las Naciones Unidas, proclamó en forma solemne la estrategia para el
segundo decenio del desarrollo.
Por ella, todos los Estados miembros de la organización se comprometieron a no
omitir esfuerzos para transformar, a través de medidas concretas, la actual injusta
división internacional del trabajo y para colmar la enorme brecha económica y
tecnológica que separa a los países opulentos de los países en vías de desarrollo.
Estamos comprobando que ninguno de estos propósitos se convierte en realidad. Al
contrario, se ha retrocedido.
Así, los mercados de los países industrializados han continuado tan cerrados como
antes para los productos básicos de los países en desarrollo, especialmente los
agrícolas, y aún aumentan los indicios de proteccionismo; los términos del
intercambio se siguen deteriorando. El sistema de preferencias generalizadas para
las exportaciones de nuestras manufacturas y semimanufacturas, no ha sido puesto
en vigencia por la nación cuyo mercado ofrecía mejores perspectivas, dado su
volumen, y no hay indicios de que lo sea en un futuro inmediato.
La transferencia de recursos financieros públicos, lejos de llegar al 0,7% de producto
nacional bruto de las naciones desarrolladas, ha bajado del 0,34 al 0,24%. El
endeudamiento de los países en desarrollo, que ya era enorme a principios del
presente año, ha subido en pocos meses de 70 a 75 mil millones de dólares.
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Los cuantiosos pagos por servicios de deudas, que representan un drenaje
intolerable para estos países, han sido provocados en gran medida por las
condiciones y modalidades de los préstamos. Dichos servicios aumentaron en un
18% en 1970 y en un 20% en 1971, lo que es más del doble de la tasa media del
decenio de 1960.
Éste es el drama del subdesarrollo y de los países que todavía no hemos sabido
hacer valer nuestros derechos y defender, mediante una vigorosa acción colectiva, el
precio de las materias primas y productos básicos, así como hacer frente a las
amenazas y agresiones del imperialismo.
Señores delegados, les ruego meditar en nuestra realidad.
Somos países potencialmente ricos, vivimos en la pobreza. Deambulamos de un
lugar a otro pidiendo créditos, ayuda, y, sin embargo, somos -paradoja propia del
sistema económico capitalista- grandes exportadores de capitales.
América Latina y el subdesarrollo
América Latina, como componente del mundo en desarrollo, se integra en el cuadro
que acabo de exponer. Junto con Asia, África y los países socialistas, ha librado en
los últimos años muchas batallas para cambiar la estructura de las relaciones
económicas y comerciales con el mundo capitalista, para substituir el injusto y
discriminatorio orden económico y monetario creado en Bretton Woods, al término
de la Segunda Guerra Mundial.
Cierto es que entre muchos países de nuestra región y los de los otros continentes en
desarrollo, se comprueban diferencias en el ingreso nacional y aún las hay dentro de
aquéllas donde existen varios países que podrían ser considerados como de menos
desarrollo relativo entre los subdesarrollados.
Pero tales diferencias -que mucho se mitigan al compararlas con el producto
nacional del mundo industrializado-, no marginan a Latinoamérica del vasto sector
postergado y explotado de la humanidad.
Ya el consenso de Viña del Mar, en 1969, afirmó esas coincidencias y tipificó, precisó
y cuantificó el atraso económico y social de la región, y los factores externos que
determinan, destacando las enormes injusticias cometidas en su contra, bajo el
disfraz de cooperación y ayuda. Porque en América Latina, grandes ciudades, que
muchos admiran, ocultan el drama de cientos, de miles de seres que viven en
poblaciones marginales, producto de un pavoroso desempleo y subempleo: esconden
las desigualdades profundas entre pequeños grupos privilegiados y las grandes
masas cuyos índices de nutrición y de salud no superan a los de Asia y de África,
que casi no tienen acceso a la cultura.
Un mundo condenado a la miseria
Es fácil comprender por qué nuestro continente latinoamericano registra una alta
mortalidad infantil y un bajo promedio de vida, si se tiene presente que en él faltan
28 millones de viviendas, el 56 por ciento de su población está subalimentada, hay
más de 100 millones de analfabetos y semianalfabetos, 13 millones de cesantes y
más de 50 millones con trabajos ocasionales. Más de 20 millones de
latinoamericanos no conocen la moneda, ni siquiera como medio de intercambio.
Ningún régimen, ningún gobierno ha sido capaz de resolver los grandes déficit de
vivienda, trabajo, alimentación y salud. Por el contrario, éstos se acrecientan año a
año con el aumento vegetativo de la población. De continuar esta situación ¿qué
ocurrirá cuando seamos más de 600 millones de habitantes a fines de siglo?
Tal realidad es aún más cruda en Asia y África, cuyo ingreso per cápita es más bajo
y cuyo proceso de desarrollo acusa mayor debilidad.
América Latina, víctima del imperialismo
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No siempre se percibe que el subcontinente latinoamericano, cuyas riquezas
potenciales son enormes, ha llegado a ser el principal campo de acción del
imperialismo económico en los últimos 30 años. Datos recientes del Fondo Monetario
Internacional nos informan que la cuenta de inversiones privadas de los países
desarrollados en América Latina arroja un déficit en contra de ésta de 10 millones de
dólares entre 1960 y 1970. En una palabra, esta suma constituye un aporte neto de
capitales de esta región al mundo opulento, en diez años.
Chile se siente profundamente solidario con América Latina, sin excepción alguna.
Por tal razón, propicia y respeta estrictamente la política de no intervención y de
autodeterminación que aplicamos en el plano mundial. Estimulamos fervorosamente
el incremento de nuestras relaciones económicas y culturales. Somos partidarios de
la complementación y de la integración de nuestras economías. De ahí que
trabajemos con entusiasmo dentro del cuadro de la ALALC y, como primer paso, por
la formación del Mercado Común de los Países Andinos, que nos une con Bolivia,
Colombia, Perú y Ecuador.
América Latina deja atrás la época de las protestas. Necesidades y estadísticas
contribuyeron a robustecer su toma de conciencia. Han sido destruidas por la
realidad, las fronteras ideológicas. Han sido quebrados los propósitos divisionistas y
aislacionistas, y surge el afán de coordinar la ofensiva y la defensa de los intereses
de los pueblos en el continente, y con los demás países en desarrollo.
Chile no está solo, no ha podido ser aislado
Chile no está solo, no ha podido ser aislado ni de América Latina ni del resto del
mundo. Por el contrario, ha recibido infinitas muestras de solidaridad y de apoyo.
Para derrotar los intentos de crear en torno nuestro un cerco hostil, se conjugaron el
creciente repudio al imperialismo, el respeto que merecen los esfuerzos del pueblo
chileno y la respuesta a nuestra política de amistad con todas las naciones del
mundo.
En América Latina, todos los esquemas de cooperación o integración económica y
cultural de que formamos parte, en el plano regional y subregional, han continuado
vigorizándose a ritmo acelerado, y dentro de ellos nuestro comercio ha crecido
considerablemente, en particular con Argentina, México y los países del Pacto
Andino.
No ha sufrido trizaduras la coincidencia de los países latinoamericanos, en foros
mundiales y regionales, para sostener los principios de libre determinación sobre los
recursos naturales. Y frente a los recientes atentados contra nuestra soberanía,
hemos recibido fraternales demostraciones de total solidaridad. A todos, nuestro
reconocimiento.
Cuba socialista, que sufre los rigores del bloqueo, nos ha entregado sin reservas,
permanentemente, su adhesión revolucionaria.
En el plano mundial, debo destacar muy especialmente que desde el primer
momento hemos tenido a nuestro lado, en actitud ampliamente solidaria, a los
países socialistas de Europa y de Asia. La gran mayoría de la comunidad mundial
nos honró con la elección de Santiago como sede de la tercera UNCTAD y ha acogido
con interés nuestra invitación para albergar la próxima conferencia mundial sobre el
Derecho del Mar, que reitero en esta oportunidad.
La reunión a nivel ministerial de los países no alineados, celebrada en Georgetown,
Guyana, en septiembre último, nos expresó públicamente su decidido respaldo
frente a la agresión de que somos objeto por la Kennecott Cooper.
Chile es nación soberana
El CIPEC, organismo de coordinación establecido por los principales países
exportadores de cobre: Perú, Zaire, Zambia y Chile, reunido recientemente en
Santiago a solicitud de mi gobierno, a nivel ministerial, para analizar la situación de
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agresión en contra de mi patria creada por la Kennecott, acaba de adoptar varias
resoluciones y recomendaciones trascendentales a los Estados. Ellas constituyen un
apoyo sin reservas a nuestra posición y un importante paso dado por países del
Tercer Mundo para defender el comercio de sus productos básicos.
Estas resoluciones serán seguramente material de importante debate en la Segunda
Comisión. Sólo quiero citar aquí la categórica declaración de que todo acto que
impida o entrabe el ejercicio del derecho soberano de los países a disponer
libremente de sus recursos naturales, constituye agresión económica, que desde
luego los actos de la compañía Kennecott contra Chile son agresión económica y, por
lo tanto, acuerdan suspender con ella toda relación económica y comercial, y que las
disputas sobre indemnizaciones en caso de nacionalización, son de exclusiva
competencia de los Estados que las decretan.
Pero lo más significativo es que se acordó crear un mecanismo permanente de
protección y solidaridad en relación al cobre. Esos mecanismos, junto con la OMPEP
que opera en el campo petrolero, son el embrión de lo que debiera ser una
organización de todos los países del Tercer Mundo para proteger y defender todos los
productos básicos, tanto los mineros e hidrocarburos como los agrícolas.
La gran mayoría de los países de Europa Occidental, desde el extremo norte con los
países escandinavos hasta el extremo sur, con España, ha incrementado su
cooperación con Chile y nos ha significado su comprensión. Ésta nos fue evidenciada
en el proceso de renegociación de nuestra deuda.
Y, por último, hemos visto con emoción la solidaridad de la clase trabajadora
mundial, expresada por sus grandes centrales sindicales y manifestada en actos de
hondo significado, como fue la negativa de los obreros portuarios de El Havre y
Rotterdam a descargar el cobre de Chile, cuyo pago ha sido arbitrario e injustamente
embargado.
El nuevo panorama de la política
Señor presidente, señores delegados: He centrado mi exposición en la agresión a
Chile y en los problemas latinoamericanos y mundiales que a ella se conectan, ya
sea en su origen o en sus efectos. Quisiera ahora referirme brevemente a otras
cuestiones que interesan a la comunidad internacional.
No voy a mencionar todos los problemas mundiales que están en el temario de esta
asamblea. No tengo la pretensión de avanzar soluciones sobre ellos. Esta asamblea
está trabajando afanosamente desde hace más de dos meses en definir y acordar
medidas adecuadas. Confiamos en que el resultado de esta labor será fructífero. Mis
observaciones serán de carácter general y reflejan preocupaciones del pueblo
chileno.
Con ritmo acelerado se transforma el cuadro de la política internacional que hemos
vivido desde la posguerra, y ello ha producido una nueva correlación de fuerzas. Han
aumentado y se han fortalecido centros de poder político y económico. En el caso del
mundo socialista, cuya influencia ha crecido notablemente, su participación en las
más importantes decisiones de política en el campo internacional es cada vez mayor.
Es mi convicción que no podrán transformarse las relaciones comerciales y el
sistema monetario internacionales -aspiración compartida por los pueblos-, si no
participan plenamente en ese proceso todos los países del mundo y, entre ellos, los
del área socialista. La República Popular China, que alberga en sus fronteras a casi
un tercio de la humanidad, ha recuperado, después de un largo e injusto ostracismo,
el lugar que es el suyo en el foro de las negociaciones multilaterales y ha entablado
nexos diplomáticos y de intercambio con la mayoría de los países del mundo.
Se ha ampliado la Comunidad Económica Europea con el ingreso del Reino Unido de
Gran Bretaña y otros países, lo que le da un peso mayor en las decisiones, sobre
todo en el campo económico.
El crecimiento económico del Japón ha alcanzado una velocidad portentosa.
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El mundo en desarrollo económico está adquiriendo cada día mayor conciencia de
sus realidades y de sus derechos. Exige justicia y equidad en el trato y que se
reconozca el lugar que le corresponde en el escenario mundial. Motores de esta
transformación han sido, como siempre, los pueblos, en su progresiva liberación
para convertirse en sujetos de la historia. La inteligencia del hombre ha impulsado
vertiginosos progresos de la ciencia y de la técnica. La persistencia y el vigor de la
política de coexistencia pacífica, de independencia económica y de progreso social
que han promovido las naciones socialistas, ha contribuido decisivamente al alivio
de las tensiones que dividieron al mundo durante más de veinte años y ha
determinado la aceptación de nuevos valores en la sociedad y en las relaciones
internacionales.
La rebelión de los pobres
Saludamos los cambios que traen promesas de paz y de prosperidad para muchos
pueblos, pero exigimos que participen de ellas la humanidad entera.
Desgraciadamente, estos cambios han beneficiado sólo en grado mezquino al mundo
en desarrollo. Éste sigue tan explotado como antes. Distante cada vez más de la
civilización del mundo industrializado. Dentro de él bullen nobles aspiraciones y
justas rebeldías, que continuarán estallando con fuerza creciente.
Manifestamos complacencia por la superación de la guerra fría y por el desarrollo de
acontecimientos alentadores: las negociaciones entre la Unión Soviética y Estados
Unidos, tanto respecto al comercio como al desarme; la concertación de tratados
entre la República Federal Alemana, la Unión Soviética y Polonia; la inminencia de la
Conferencia de Seguridad Europea; las negociaciones entre los dos Estados
alemanes y su ingreso prácticamente asegurado a las Naciones Unidas; las
negociaciones entre los gobiernos de la República Popular Democrática de Corea y de
la República Coreana, para nombrar los más promisorios. Es innegable que en el
área internacional hay treguas, acuerdos, disminuciones de la situación explosiva.
Pero hay demasiados conflictos no resueltos, que exigen la voluntad de concordia de
las partes, o la colaboración de la comunidad internacional y de las grandes
potencias. Continúan activas las agresiones y disputas en diversas partes del
mundo: el conflicto en el Medio Oriente, el más explosivo de todos, donde todavía no
ha podido obtenerse la paz, según lo han recomendado resoluciones de los
principales órganos de las Naciones Unidas, entre ellas la resolución 242 del Consejo
de Seguridad; el asedio y la persecución contra Cuba; la explotación colonial; la
ignominia del racismo y del apartheid; el ensanchamiento de la brecha económica y
tecnológica entre países ricos y pobres.
Habrá paz en Vietnam porque ya nadie duda de la inutilidad de esta guerra
No hay paz para Indochina, pero tendrá que haberla. Llegará la paz para Vietnam.
Tiene que llegar porque ya nadie duda de la inutilidad de esta guerra
monstruosamente injusta, que persigue un objetivo tan irrealizable en estos días
como es imponer, a pueblos con conciencia revolucionaria, políticas que no pueden
compartir porque contrarían su interés nacional, su genio y su personalidad.
Habrá paz. Pero, ¿qué deja esta guerra tan cruel, tan prolongada y tan desigual? El
saldo, tras tantos años de lucha cruenta, son sólo la tortura de un pueblo admirable
en su dignidad, millones de muertos y de huérfanos, ciudades enteras
desaparecidas, cientos de miles de hectáreas de tierras asoladas, sin vida vegetal
posible; la destrucción ecológica; la sociedad norteamericana conmovida; miles de
hogares sumidos en el pesar por la ausencia de los suyos. No se siguió la ruta de
Lincoln.
Moraleja bélica
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Esta guerra deja también muchas lecciones. Que el abuso de la fuerza desmoraliza
al que la emplea y produce profundas dudas en su propia conciencia social. Que la
convicción de un pueblo que defiende su independencia lo lleva al heroísmo y lo hace
capaz de resistir la violencia material del más gigantesco aparato militar y
económico.
Hacia una nueva etapa en el orden Internacional
El nuevo cuadro político crea condiciones favorables para que la comunidad de las
naciones haga, en los años venideros, un gran esfuerzo destinado a dar renovada
vida y dimensión al orden internacional.
Dicho esfuerzo deberá inspirarse en los principios de la Carta y en otros que la
comunidad ha ido agregando, por ejemplo: los de la UNCTAD. Como lo hemos dicho,
tres conceptos fundamentales que presiden las responsabilidades entregadas a las
Naciones Unidas debieran servirle de guía: el de la seguridad colectiva económicosocial y el del respeto universal a los derechos fundamentales del hombre,
incluyendo los de orden económico, social y cultural, sin discriminación alguna.
Damos particular importancia a la tarea de afirmar la seguridad económica colectiva,
en la cual tanto han insistido recientemente Brasil y el secretario general de las
Naciones Unidas.
Apoyo a la tesis mexicana
Como paso importante en esta dirección, la organización mundial cuanto antes
debiera hacer realidad la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados,
fecunda idea que llevó el Presidente de México, Luis Echeverría, a la tercera
UNCTAD. Como el ilustre mandatario del país hermano, creemos que «no es posible
un orden justo y un mundo estable en tanto no se creen obligaciones y derechos que
protejan a los Estados débiles».
La acción futura de la colectividad de naciones debe acentuar una política que tenga
como protagonista a todos los pueblos. La Carta de las Naciones Unidas fue
concebida y presentada en nombre de «nosotros, los pueblos de las Naciones
Unidas».
La acción internacional tiene que estar dirigida a servir al hombre que no goza de
privilegios sino que sufre y labora: al minero de Cardiff, como al fellah de Egipto, al
trabajador que cultiva el cacao en Ghana o en Costa de Marfil como al campesino del
altiplano en Sudamérica; al pescador en Java, como al cafetalero de Kenya o de
Colombia. Aquélla debiera alcanzar a los mil millones de seres postergados a los que
la colectividad tiene la obligación de incorporar al actual nivel de la evolución
histórica y reconocerle «el valor y la dignidad de persona humana», como contempla
el preámbulo de la Carta.
Es tarea impostergable para la comunidad internacional asegurar el cumplimiento
de la estrategia para el segundo decenio del desarrollo y poner este instrumento a
tono con las nuevas realidades del Tercer Mundo, y con la renovada conciencia de
los pueblos.
La disminución de la cooperación y el entendimiento exigen y permiten
simultáneamente reconvertir las gigantescas actividades destinadas a la guerra en
otras que impongan, como nueva frontera, atender las inconmensurables carencias
de todo orden de más de dos tercios de la humanidad. De modo tal que los países
más desarrollados aumenten su producción y empleo en asociación con los reales
intereses de una auténtica comunidad internacional.
El derecho del mar territorial
La presente asamblea deberá concretar la realización de la Conferencia Mundial para
establecer el llamado derecho del mar; es decir, un conjunto de normas que regulen
de modo global todo lo referente al uso y explotación del vasto espacio marino,
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comprendiendo su subsuelo. Es ésta una tarea grandiosa y promisoria para las
Naciones Unidas, porque estamos frente a un problema del cual recién la
humanidad, como un todo, adquiere conciencia y aún muchas situaciones
establecidas pueden conciliarse perfectamente con el interés general. Quiero
recordar que cupo a los países del extremo sur de América Latina -Ecuador, Perú y
Chile-, iniciar hace justo 20 años esta toma de conciencia, que culminará con la
adopción de un tratado sobre el derecho al mar. Es imperativo que ese tratado
incluya el principio aprobado por la tercera UNCTAD sobre los derechos de los
Estados ribereños a los recursos dentro de su mar jurisdiccional y, al mismo tiempo,
cree los instrumentos y los mecanismos para que el espacio marino extrajurisdiccional sea patrimonio común de la humanidad y sea explotado en beneficio
de todos por una autoridad internacional eficaz.
Abierto a todo diálogo
He traído hasta aquí la voz de mi país, que está unido frente a las presiones
externas. Un país que pide comprensión. La merece, porque siempre ha respetado
los principios de autodeterminación y ha observado estrictamente el de no
intervención en los asuntos internos de otros Estados. Nunca se ha apartado del
cumplimiento de sus obligaciones internacionales y ahora cultiva relaciones
amistosas con todos los países del orbe. Cierto es que con algunos tenemos
diferencias, pero no hay ninguna que no estemos dispuestos a discutir, utilizando
para ello los instrumentos multilaterales o bilaterales que hemos suscrito. Nuestro
respeto a los tratados es invariable.
Señores delegados:
He querido reafirmar así, enfáticamente, que la voluntad de paz y cooperación
universales es una de las características dominantes del pueblo chileno. De ahí la
resuelta firmeza con que defenderá su independencia política y económica y el
cumplimiento de sus decisiones colectivas, democráticamente adoptadas en el
ejercicio de su soberanía.
Se perfila la victoria
En menos de una semana acaban de ocurrir hechos que convierten en certeza
nuestra confianza de que venceremos pronto en la lucha entablada para alcanzar
dichos objetivos: el fallo del tribunal de París, levantando el embargo decretado
respecto al valor de la venta de nuestro cobre; la franca, directa y cálida
conversación sostenida con el distinguido presidente del Perú, Velasco Alvarado,
quien reiteró públicamente la solidaridad plena de su país con Chile ante los
atentados que acabo de denunciar ante ustedes; los acuerdos del CIPEC que ya cité,
y mi visita a México.
México reconfortó a Salvador Allende
Me faltan palabras para describir la profundidad, la firmeza, la espontaneidad y la
elocuencia del apoyo que nos fue brindado por el gobierno y el pueblo mexicano.
Recibí tales demostraciones de adhesión del presidente Echeverría, del Parlamento,
las universidades y sobre todo del pueblo -expresándose en forma multitudinaria-,
que la emoción todavía me embarga y me abruma por su infinita generosidad.
Vengo reconfortado porque, después de estas experiencias, sé ahora, con
certidumbre absoluta, que la conciencia de los pueblos latinoamericanos acerca de
los peligros que nos amenazan a todos, ha adquirido una nueva dimensión, y que
ellos están convencidos que la unidad es la única manera de defenderse de este
grave peligro.
Cuando se siente el fervor de cientos de miles y miles de hombres y mujeres,
apretándose en las calles y plazas para decir con decisión y esperanza: «Estamos con
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ustedes, no cejen, ¡vencerán!», toda duda se disipa, toda angustia se desvanece. Son
los pueblos, todos los pueblos al sur del río Bravo, que se yerguen para decir ¡basta!,
¡basta! a la dependencia, ¡basta! a las presiones, ¡basta! a las intervenciones; para
afirmar el derecho soberano de todos los países en desarrollo a disponer libremente
de sus recursos naturales.
Existe una realidad hecha voluntad y conciencia en más de 250 millones de seres
que exigen ser oídos y respetados.
Cientos de miles y miles de chilenos me despidieron con fervor al salir de mi Patria y
me entregaron el mensaje que he traído a esta Asamblea mundial. Estoy seguro que
ustedes, representantes de las naciones de la tierra, sabrán comprender mis
palabras. Es nuestra confianza en nosotros lo que incrementa nuestra fe en los
grandes valores de la Humanidad, en la certeza de que esos valores tendrán que
prevalecer, no podrán ser destruidos.
Fuente: Centro de Documentación. Fundación Salvador Allende








