*De formación socióloga y educadora por vocación, candidata a Magíster en Política y Gestión Educativa de la Universidad Austral. En los últimos años la candidata a diputada por Apruebo Dignidad, se ha dedicado al acompañamiento educativo, específicamente, asesorar comunidades escolares para incorporar metodologías de aprendizaje activo y significativo.
Isabel Garrido Casassa lleva casi 15 años en lo que se llamó a principios del siglo XIX la “cuestión social”, consecuencia del proceso de industrialización en Europa y que dio origen a los movimientos sociales que claman hasta hoy por justicia y equidad y que de forma contemporánea decantan en diversas manifestaciones políticas y sociales.
Aun cuando no llega a los 30 años, su vida está marcada por la lucha social en diversos espacios estudiantiles primero y luego políticos y solidarios.
El derrotero y la conciencia político – social de Isabel comienza cursando la enseñanza media en el emblemático liceo Carmela Carvajal de Santiago, donde se encontró de frente con la Revolución Pingüina de 2006, que tributariamente decantó 15 años después en el proceso constitucional de este año. “Como mucha gente de mi generación empecé a interesarme en política durante el movimiento pingüino del año 2006. Era bastante joven, por lo que mi rol se limitaba a “machetear”, es decir, pedir plata en las esquinas para apoyar con alimentos y utensilios de aseo a las compañeras en toma. Más tarde, mi primer año de universidad fue el movimiento estudiantil más grande desde el retorno de la democracia. Me involucré activamente en la movilización. Ahí aprendimos a cuestionarlo todo: el lucro, el crédito universitario, los impuestos regresivos, el código de aguas, y por supuesto, la constitución del dictador”, recuerda la socióloga.
Isabel tiene claridad y madurez ideológica para distinguir lo importante, de lo urgente, como así también reconocer en la diferencia con el otro, aquello que nos hace avanzar. “La manera de participación política que me hace más sentido es desde las organizaciones sociales y comunitarias de base. Por eso en el año 2017 fui co-coordinadora de una escuela de género y feminismo para estudiantes secundarios/as, en conjunto con la Federación de Estudiantes Secundarios/as de Aysén y Andrea Méndez, otra militante feminista. Hicimos talleres itinerantes en distintos liceos de Coyhaique y Puerto Aysén, sobre género, feminismo y educación sexual integral. Terminamos el proyecto con un mural participativo que aún persiste en calle Baquedano, a la altura del Estadio Regional”, agrega la joven militante del Partido Comunista.
De forma paralela, fue docente de una escuela de nivelación de estudios con fines laborales que organizó el entonces Movimiento Autonomista. “Ahí compartimos la asignatura de lenguaje con Yarela Gómez, que hoy es constituyente. Se graduaron casi una decena de adultos/as que tuvieron la oportunidad de obtener su licencia de cuarto medio laboral. Fue una experiencia súper significativa”.

Cooperativa de Unidad Social
La cooperativa de unidad social se origina desde la mesa de unidad social, constituida por decenas de organizaciones y que fue uno de los primeros pasos en lo que sería más tarde la revuelta popular de octubre de 2019. “Más tarde, cuando empezó la crisis del COVID-19, fundamos la Cooperativa de Consumo de Unidad Social, organización que reúne a 110 familias de Coyhaique para comprar canastas básicas a precio mayorista. Actualmente soy parte de su consejo administrativo, me dedico al área de cotizaciones y compras. En ese espacio he aprendido que las personas tenemos un instinto solidario muy fuerte, que se despliega siempre que tengamos el espacio adecuado para hacerlo”.
Descendiente de campesinos inmigrantes
“Mi padre y madre no eran militantes ni activos políticamente, pero se preocuparon de inculcarnos a mí y mis hermanas una profunda conciencia social y sentido de tolerancia. El respeto por la diferencia era una necesidad en una familia donde conviven católicos, evangélicos, ateos, judíos y hasta un cercano al budismo. Soy descendiente de campesinos y migrantes. Pienso que esto ha marcado mi interés por la justicia social y la inclusión de comunidades vulneradas. No tengo hijos/as, aparte de 2 gatas compañeras”, se confiesa.
Estudiar en un liceo de mujeres marcó profundamente la visión de Isabel acerca de la igualdad de género. “A diferencia de los prejuicios sobre las relaciones entre mujeres, en el liceo experimenté la sororidad y compañerismo, además de conocer a las personas más inteligentes y sensibles con las que me he cruzado”, recuerda.
“El año 2006 el liceo se fue a toma. Cuando volvimos a clases, estaba completamente cambiado: mis compañeras habían convertido el liceo completo en una enorme obra de arte. En cada pared había un mural hermoso; las bancas en el patio estaban pintadas con los colores del arcoiris, en cada peldaño de las escaleras y en cada puerta había un detallito, un adorno. Era como entrar en un mundo encantado, se respiraba un aire de libertad, nos sentíamos tan orgullosas de la habilidad de nuestras compañeras. No pasó ni un mes y la directora mandó a pintar todo el liceo de blanco. Fue tan violento. Me quedó impreso en la mente lo nefasto que es el afán controlador de la educación, tanto que llega a coartar el desarrollo de las habilidades y la expresión de la libertad”, advierte.
Campaña parlamentaria
La candidata a diputada ofrece no solo consecuencia, sino también conocimiento de los territorios y de la lucha social que encarna un programa que se centra en la “educación, feminismo e igualdad, todo con enfoque territorial. Estamos iniciando una ronda de diálogos con participantes de distintas organizaciones sociales para darle en enfoque regional y bien fundado a las propuestas”, sentencia.








