Sebastián vive en un sector acomodado de Coyhaique, son casas que cuestan sobre los 150 millones de pesos, barrios pensados en la familia, con las comodidades correspondientes, calles pavimentadas con recursos del Estado, pero eso para el sector da igual. Un santo en la corte logra que los proyectos “salgan” rápido para el condominio. Sebastián se siente de clase media, aunque sus deudas superen por mucho y largamente sus activos. Sin embargo, su vecino tiene menos posesiones materiales y al parecer no le va tan bien económicamente como él.
Benjamín vive en otro sector de la capital regional, colindante a Sebastián, también sus calles están pavimentadas, las casas son un poco más pequeñas, valoradas en unos 100 millones de pesos, según avalúo fiscal. También hay buenos espacios para que los niños jueguen y se diviertan. Benjamín se siente de clase media, porque mira un poco más allá donde vive Carlos.
Carlos llega todos los días en una camioneta doble tracción que aún no paga, y su sector se caracteriza por viviendas individuales, revestidas de siding, con espacio suficiente para su familia de 4 personas. Todos felices, endeudados, pero felices. Carlos cree que es de clase media.
Al frente de Carlos, las casas son más pequeñas, las techumbres son de zinc y los niños juegan en donde pueden, no todos tienen vehículo y a veces se les ve por varios días en sus casas, como si no tuvieran trabajo o nada qué hacer. Allí vive Pedro y su familia. Tampoco les falta para comer. Sienten que son de clase media, porque un poco más abajo, hay casas todavía más pequeñas.
Efectivamente, unos metros más abajo de Carlos vive Felipe, su señora y sus tres hijos. Las casas son pareadas, con subsidio del estado, adquiridas a través de comités de vivienda. Han hecho arreglos y expandido los espacios para la familia. Felipe siente que es de clase media, aunque a veces le cuesta llegar a fin de mes y ni con el sueldo suyo y de su señora alcanza, además hay que pagar el auto, la televisión de 55 pulgadas y algunas colegiaturas de menor valor. Se siente de la típica clase media chilena.
Es que Felipe mira más allá y ve unos campamentos, donde vive Nicolás, señora e hijos. Allí no se llega a fin de mes, pero se arreglan las cosas como se puede. Nicolás cree que está a un paso de ser de clase media, si logra salir del campamento, ya tiene el subsidio de Serviu, sólo falta que le entreguen su casa.
Estas historias ficticias retratan el Chile neoliberal, donde todo el mundo se auto considera de clase media, que es la gran mentira inoculada por el sistema. La verdad es que son todos asalariados, trabajadores, endeudados y que sin su trabajo caerían en la pobreza, algunos antes que otros, pero todos pobres, al fin y al cabo.
Ser pobre no es una provocación, ni menos un agravio u ofensa, es la realidad que dejó al desnudo la pandemia y que cada día queda en evidencia. Y si de algo ha servido la revuelta popular de octubre y luego el coronavirus, es la adquisición de conciencia acerca del país que hemos construido. Definitivamente no somos clase media, somos pobres endeudados con dinero de plástico. El pueblo toma conciencia de clase.
Por otro lado, están los verdaderos ricos del país, aquellos que tienen representantes de sus intereses de minoría en el Banco Central, el Congreso, el Poder Judicial, la Presidencia de la República y en todos los espacios donde se adoptan decisiones importantes. Se muestran preocupados de cada cosa que pasa en el país, son los primeros en ir a votar cuando eso pasa, pero además manejan los hilos de los medios de comunicación y la agenda de temas. No tienen problemas en reconocerse como poderosos, son los representantes del Gran Capital, donde Sebastián, Benjamín, Carlos, Pedro, Felipe o Nicolás nunca serán considerados; si no es para cumplir las órdenes del Gran Jefe.
Los del 1% se protegen entre ellos, se colaboran de forma interesada, pero lo hacen y siempre están atentos a lo que ocurre en el país, porque saben que, si el pueblo logra tomar conciencia y se unen, el abuso cometido por generaciones tambalea y no están disponibles para aquello. Son los que tienen fortuna fuera del país, los que evaden impuestos o se los condona el Estado, los que se coluden, al fin y al cabo, son todos amigos. Ellos discuten, pero a la hora de unirse, lo hacen de forma monolítica, a sangre y fuego.
Pero hoy en 2020, el pueblo toma conciencia, se prepara, expande sus fronteras, busca informarse por canales alternativos, es la simiente de un nuevo Chile, para nuestros hijos e hijas, tal vez para nuestros nietos, para las generaciones que vengan, el sacrificio de hoy, valdrá la pena para un Chile que nace y que da sus primeros pasos.




