Cuando se nos aparece la frase violencia de género, en los medios, en alguna conversación, por lo general la asociamos a mujeres, golpes, heridas y femicidio. Se nos asoma como una sombra la imagen de un macho, de brazos largos y fuertes que nos atrapa hasta no dejarnos respirar, de piernas largas que nos persigue y nos alcanza.
Pero de qué hablamos cuando decimos violencia, que en realidad son violencias, en plural porque son muchos los tipos a las cuales se nos somete a lo largo de nuestra vida.
Y es que nos cuesta muchas veces identificar cuando las vivimos, porqué las experimentamos. Reconocer todo lo que significa violencias, es difícil y más difícil aún, reconocernos que vivimos en violencias. El machismo, se expresa en pequeñas cosas, en lo cotidiano y eso pequeño sumando en el tiempo, se traduce en sometimiento, miedo, angustia, depresión, dolor.
Las luchas feministas no solo han servido para mostrar que no estamos de acuerdo con este trato que ha sido universal y de tantos siglos. Sino también nos muestra y nos advierte que hay cosas que durante tanto tiempo se nos hizo parecer parte de la vida, de las relaciones sociales, de pareja, sexuales y hasta de consumo, como algo normal.
Desde pequeñas comenzamos a vivenciar esas pequeñas cosas, distintas entre chicos y chicas, los juegos, la ropa, los colores, las pautas de comportamiento que una niña debe tener. Eso sigue reproduciéndose con los años y se agudiza de cierta forma cuando somos jóvenes y adultas.
Para ayudarnos a comprender estas violencias y hacernos preguntas hacia nosotras mismas, es bueno detenernos en nuestras relaciones familiares, sociales y afectivas. Cuántas veces nos sentimos incómodas por andar vestidas de una forma, el “no te parece que estás mostrando mucho”, “por qué vas salir así a la calle”, “calladita te ves más bonita”. En las reuniones o trabajo grupales, “las mujeres que tomen nota, son más ordenadas”. En la militancia y la vida pública en organizaciones, “las compañeras que se hagan cargo de las olla populares”, “que pinten los lienzos”, “que hagan campaña”.
En la casa, preparar la comida, atender a los hijes, asistir a las reuniones en la escuela, hablar de los temas “delicados” con los hijos e hijas. De no trabajar porque no es necesario, “yo te mantengo”, pero si te mantengo, tú callada y obedeciendo. Y si laburas, cuando llegues a casa tan cansada con tu compañero, debes seguir haciéndote cargo, ni hablar de salir con las amigas, colegas y mucho menos tener amigos en tu barrio o tu trabajo. Las presiones, los chantajes, si compartes cama, debes querer tener sexo cada vez que él se le ocurra, si no trabajas por un salario, no debes exigir nada, porque bueno, el trabajo de la casa, los hijes, las mascotas, la limpieza, no son trabajo.
Pero también fuera de estas violencias, que de paso nos impusieron como temas privados, están las violencias públicas, desde las instituciones. Cuando vas parir y eres muy joven o si es tu tercer crío, pagas condena en una sala de parto. Nadie te pregunta si llegaste ahí por voluntad o por obligación, porque en eso si que se meten, ya no es privado, es público, que no importa la edad, si te embarazaste, debes asumir y ser madre, no puedes andar de abortera, porque fue tu culpa, los hombres hablan, cuestionan y legislan contra nuestra decisiones, pero poco hacen para poner en el mismo paredón, a los que les gusta meterla pero sin condón, andar dejando nenitos por todos lados como deporte y los que después no pagan la mensualidad de mantención.
Hablando de violencia institucional, hace pocos días a raíz del 3 de junio, y el #NiunaMenos, el colectivo de las trabajadoras judiciales de la Provincia de Buenos Aires, mostraron sus demandas en tema de violencia de género. De manera solidaria, no solo pidieron por demandas para ellas como laburantes de un espacio público, sino también, considerando lo que les toca ver por los pasillos y oficinas.
Conscientes de que las violencias las afecta a ellas, hicieron una encuesta que arrojó resultados alarmantes. De un total de 267 formularios de empleadas, funcionarias y magistradas pertenecientes a distintos fueros y departamentos judiciales,
El 95% de las encuestadas sufrió al menos un tipo de violencia de género en el ámbito laboral; El 77% de las víctimas que no realizaron denuncias, no lo hicieron por desconfianza en el sistema, miedo a que no le crean, temor a represalia o desventaja laboral; En el 88% de los casos denunciados el agresor no recibió sanción ni fue trasladado; En contraposición, el 23% de las víctimas tuvo la necesidad de pedir licencias y el 55% pidió un traslado o pensó en renunciar.
Como podemos ver, un poder tan importante como la justicia, comete injusticias con sus propias trabajadoras. En ese espacio, desde donde se nos invita en campañas y llamados a las mujeres víctimas de violencia, a que hagamos las denuncias, sigamos los protocolos, en ese mismo espacio se violenta a estas compañeras.
Terminar con todo tipo de violencias, es un llamado a hacernos cargo y responsables desde lo íntimo, en nuestra casa, barrios, laburos, facultades, militancias y organizaciones, a que estas malas prácticas, no son del ámbito privado, son públicas. Esto afecta a la sociedad, a la salud mental colectiva, a los niños y niñas, al rendimiento escolar, a las relaciones entre vecines. Así como el COVID, esto se contagia en la medida que apartamos la vista, cuando no queremos escuchar, cuando culpamos a las víctimas, justificamos sus agresiones porque al otro, si le debemos comprender, que es celoso, que tiene mal carácter, que llega cansado, que no le alcanza el salario.
En las violencias, no decir ni hacer nada, es hacer mucho, porque seguiremos viendo más niñas con la panza con un crío dentro, una muchacha con la cara morada o secuestrada o una piba encontrada en un bolsa.








