En un mundo convulso, donde parece haberse borrado buena parte de la estructura civilizatoria que tomó siglos construir, también se pulverizan las formas de hacer política y los modales, los denominadores mínimos comunes de convivencia, donde países y continentes enteros parecen arrodillarse ante un nuevo amo. Frente a ese escenario, surge una palabra inevitable, resistencia.
Pero no hablamos de la resistencia como un concepto vacío o una consigna repetida. Hablamos de la resistencia como un derecho humano legítimo, es decir, el derecho a la defensa. La defensa de la vida misma. Porque hemos retrocedido tanto que ya ni siquiera parece suficiente hablar de derechos humanos per se. Hoy nos enfrentamos a un mundo que se vuelve salvaje, un mundo que obliga a defender lo más elemental de la condición humana.
Escribimos estas líneas con miedo. Sí, miedo. Porque una parte importante del país vive hoy con temor en un entorno que cambia a cada momento. En Chile comienza una etapa incierta, la pesadilla de un gobierno elegido democráticamente, pero que durante su campaña prometió persecución, violencia y caos, todo ello envuelto en frases contradictorias y discursos ambiguos. Persecusión a inmigrantes, al diferente, al que piense distinto.
Cabe entonces hacerse preguntas incómodas. Desde este miércoles 11 de marzo de 2026 hasta el lunes 11 de marzo de 2030, ¿cuántas personas serán víctimas de la “resistencia”? ¿Cuántos de quienes contradigan el discurso del fascismo, de la violencia y del terrorismo de Estado terminarán presos, silenciados o, peor aún, muertos?
Son preguntas válidas cuando un país está a las puertas de un gobierno que anuncia persecución contra grupos cuyo único “pecado” es ser distintos, no encajar dentro de una sociedad que históricamente ha sido moldeada por una minoría que concentra el poder en todas sus formas y expresiones.
A ello se suma otra inquietud de fondo. la fragilidad de la soberanía. Un país que parece moverse como una veleta, condicionado por las decisiones y los intereses de Estados Unidos, sin una autonomía real para definir su propio destino.
Lo dijimos antes y hoy vuelve a confirmarse, el mundo está convulso. Nadie sabe con certeza cómo girará la rueda de la historia ni qué acontecimientos pueden cambiar el rumbo de los próximos años. Lo que sí sabemos es que 2026 será, sin duda, un año de cambios.
Y frente a esos cambios, cada persona deberá tomar una decisión íntima y profunda. Porque, al final, la historia siempre nos obliga a elegir, de qué lado queremos estar.








