Por años, Yorka Cheuquian ha sido una de las dirigentas mapuche huilliche más visibles en la región de Aysén. Fue concejala por Coyhaique, lideresa comunitaria y una de las caras de la defensa cultural y territorial en el extremo sur del país. Su historia está marcada por la herencia familiar, creció acompañando a su madre, una de las primeras lideresas indígenas del territorio y una de las impulsoras de la Asociación Indígena Rakiduantum.
La organización agrupa a cerca de cien familias mapuche huilliche con el propósito de revitalizar su cultura, manufactura, lengua y tradiciones. “Tenemos gran parte del patrimonio cultural del pueblo mapuche y lo que buscamos es rescatarlo y mantenerlo”, explica Cheuquian, convencida de que la identidad se sostiene cuando la comunidad se reconoce en sus raíces.
El costo de ser dirigente mapuche
Con franqueza, Yorka reconoce que la dirigencia indígena conlleva dificultades que pocas veces se ven desde fuera. Las reivindicaciones históricas, las demandas por reconocimiento y autonomía, y las tensiones con el Estado suelen traducirse en desgaste personal y escaso respaldo institucional.
“Ser dirigente mapuche es complejo, te exige mucho y casi siempre con poco reconocimiento”, afirma. La experiencia en Rakiduantum le ha dejado claro que no solo se trata de impulsar proyectos culturales, sino de enfrentar estructuras estatales que, a su juicio, aún no reconocen plenamente a los pueblos originarios.
El primer proceso constituyente marcó un hito para ella, por primera vez Chile debatía abiertamente sobre plurinacionalidad. Su derrota aún la pesa. “Ese proceso hablaba explícitamente de un Chile plurinacional. Y ahora, ¿hasta cuándo habrá que esperar para que el Estado nos reconozca? Mientras no exista ese reconocimiento, poco vamos a avanzar”.
Su paso por la Municipalidad de Coyhaique, como concejala, fue una escuela y una plataforma. “Aprendí muchísimo sobre cómo funciona el Estado”, sostiene. Uno de sus mayores orgullos es haber contribuido a la creación y fortalecimiento de la Oficina de la Juventud, un espacio que —subraya— se mantiene hasta hoy gracias al trabajo conjunto con equipos municipales.
El desempeño político no estuvo exento de tensiones. Cheuquian es crítica del partido que la llevó al cargo y que, según relata, nunca le dio el apoyo esperado. “Con altos y bajas, aprendí mucho. Me quedo con el reconocimiento de las personas, de la calle, de quienes vieron mi trabajo”, enfatiza.
Durante su periodo impulsó ordenanzas, promovió espacios de participación y se mantuvo cerca de los vecinos y vecinas, lo que para ella constituye la esencia del rol municipal.
Dura crítica al trato institucional hacia los pueblos originarios
Más allá de su experiencia en el municipio, Cheuquian se muestra preocupada por el retroceso, a su juicio, en la relación entre el Gobierno Regional de Aysén y los pueblos originarios. Considera que la gestión actual dejó caer avances logrados en la administración anterior de Andrea Macías.
“Espero poder conversar con el gobernador (Marcelo Santana) y su equipo para plantear nuestras demandas como mapuche huilliche. Lo que necesitamos es participación real, no simbólica. Se trata de derechos, no de gestos superficiales”, sostiene.
Tampoco ahorra críticas al gobierno de Gabriel Boric.“Tampoco han estado a la altura”, señala, visiblemente decepcionada.
La desaparición de Julia Chuñil, mujer mapuche huilliche de Los Ríos, es un símbolo de la desprotección, según Cheuquian. “Hace más de un año que no tenemos noticias relevantes. Para nosotros, defender el territorio es defender la vida. Somos parte de la tierra, no estamos sobre ella”, afirma, remarcando la dimensión espiritual que atraviesa estas pérdidas.
Territorio, leyes y amenazas
Yorka también advierte sobre posibles cambios a la Ley Lafkenche y otras normativas que resguardan los derechos territoriales indígenas. Su preocupación aumenta al revisar ejemplos concretos. “Curiosamente, donde hay más salmoneras, hay más pobreza”, comenta recordando casos como los de Guaitecas e Islas Huichas.
Otro frente que observa con inquietud es la educación intercultural. A su juicio, la región de Aysén no ha logrado implementar un modelo que realmente valore la cosmovisión y el conocimiento de los pueblos originarios. “El Estado muchas veces no lo ve. Es un doble estándar, se promueve el inglés en todos los colegios, pero no el mapuzugun”, cuestiona.
Yorka Cheuquian no se define por sus cargos, sino por la constancia en su lucha. Es parte de una generación de dirigentas que no solo heredaron una causa, sino que la ampliaron, la hicieron visible y la pusieron en debate público.
Su voz sigue incomodando, interpelando y recordando que, mientras no exista un reconocimiento pleno del Estado hacia los pueblos originarios, la deuda seguirá abierta. Y ella, como otras lideresas mapuche huilliche, está decidida a que no se olvide.








