Proyecto FFMCS 2025
Por más de tres décadas, Daniel Caniullán Huentel ha respirado bajo el agua. Buzo, pescador artesanal y dirigente indígena, su vida está anclada al mar, ese mismo que hoy —según advierte— “se está privatizando” ante el notorio avance de la industria acuícola. Desde los canales australes, su testimonio refleja la resistencia de las comunidades lafkenche —gente de mar en mapuzugun— que defienden no solo sus medios de vida, sino también su cosmovisión y su derecho ancestral a convivir en equilibrio con la naturaleza.
Nacido en el litoral aisenino, Caniullán inició su vida laboral en Puerto Gala, donde trabajó en las faenas de merluza. Más tarde se trasladó a Guaitecas, donde comenzó su actividad bentónica y extracción de erizos y se convirtió en buzo mariscador, oficio que ha desempeñado por más de treinta años.
Su vínculo con el mar no es solo económico es también cultural, espiritual y político. Desde 2004, se ha consolidado como dirigente indígena y de la pesca artesanal, con una motivación clara que no es otra que defender los derechos de los pueblos originarios y la sustentabilidad del mar patagónico.
“El mar hoy se está privatizando y los pueblos originarios, antes que este país se llame Chile, ya teníamos conexión directa con el mar para subsistir y convivir con el medio ambiente. Eso nos tiene organizados y nos permite alzar la voz”, señala con firmeza.
Los inicios de la organización mapuche-lafkenche y la defensa del maritorio
El camino no ha sido fácil. Caniullán recuerda las dificultades para lograr el reconocimiento legal de las comunidades indígenas. La Ley 19.253 —que establece normas sobre protección, fomento y desarrollo de los pueblos indígenas— y la Ley 20.249, conocida como Ley Lafkenche, han sido herramientas clave en esa lucha. “Así nace la comunidad Pu Wapi el año 2008. Fue la misma CONADI la que nos puso miles de obstáculos para conseguir la personalidad jurídica hasta el 2011, cuando finalmente lo logramos y fuimos reconocidos por distintas instituciones”, recuerda.
Su testimonio revela la persistencia de la discriminación, aunque reconoce que con el tiempo ha disminuido. “Hubo miedo a reconocerse como mapuche. Pero eso está cambiando. Hoy estamos más empoderados y conscientes del valor de nuestra identidad”.
Desde su mirada, las amenazas al territorio lafkenche y de los pueblos originarios son múltiples, entre ellas el avance forestal en el centro-sur del país, la sobreexplotación de los recursos marinos, la contaminación, y especialmente la presión de la industria salmonera.
“No estamos en contra del desarrollo ni de la instalación de la industria, pero deben ser respetuosos con quienes viven acá hace miles de años. Cuando no hay respeto hacia las comunidades, eso nos pone en alerta”, advierte.
Caniullán apunta directamente a la Ley Lafkenche, una norma que reconoce los espacios costeros de pueblos originarios (ECMPO) y busca proteger su uso tradicional. Para él, es una herramienta de defensa que molesta a ciertos intereses empresariales. “La industria acuícola montó una bancada en el Congreso para tratar de modificar la ley. No les gusta porque quieren toda la Patagonia, seguir hipotecando el mar. Nosotros hicimos uso de la ley antes que se privatice todo, pensando en las nuevas generaciones.”
El dirigente sostiene que la Ley Lafkenche es un paraguas común, una hoja de ruta que permite darle sostenibilidad a la pesca artesanal y fortalecer a las comunidades indígenas del litoral aisenino. “Hubo acuerdo con el gobierno regional y la ciudadanía no se opuso, porque la ley es inclusiva, no discriminatoria, a pesar de la campaña del terror que levantó la industria”, explica.
Sin embargo, denuncia que las salmoneras buscan modificar la ley en su beneficio, pese a tener ya más de 700 concesiones en el maritorio aisenino. “El ecosistema no resiste más. En la reserva de Las Guaitecas hay 300 concesiones, son áreas de papel, no protegen nada”, afirma.
Caniullán también critica la falta de control estatal. “Sernapesca no tiene ni siquiera una embarcación para fiscalizar, y la Armada tampoco actúa con rigor. Así se facilita la pesca ilegal y la sobrecarga ambiental”, precisa.
Su posición crítica le ha costado caro. Recientemente, fue expulsado de la Comisión Regional de Uso del Borde Costero (CRUBC) por decisión del gobernador regional Marcelo Santana, a quien Caniullán acusa de actuar como “títere de las salmoneras” y agrega que fue un acto arbitrario, una afrenta intolerable contra los derechos de los pueblos originarios y la defensa del ecosistema marino. El gobernador opera para los intereses privados y no para la gente del territorio”, denuncia.
Cosmovisión y buen vivir
El concepto de küme mongen o buen vivir, propio del pensamiento mapuche, guía su acción y su visión de futuro. “El buen vivir significa equilibrio. No se trata de expulsar a las empresas, sino de lograr un justo equilibrio con ellas. Pero eso requiere respeto y diálogo real”, sostiene.
Y agrega que “mientras no se respete la cosmovisión y la antigüedad ancestral en el territorio, los conflictos van a aumentar. El mar no puede ser solo una mercancía. Es parte de nuestra vida y de nuestra historia.”
Y lo dice a propósito del rescate de ciertas islas para salvaguardar la flora y fauna que es parte del vínculo con la tierra, contrario a lo que pasa con grandes fortunas o personajes conocidos a los cuales se le abren las puertas para que hagan lo que quieran en tierras ancestrales.
A sus más de treinta años de buceo, Daniel Caniullán Huentel no solo ha explorado las profundidades del mar patagónico, también ha profundizado en la lucha por la dignidad de su pueblo. Desde las frías aguas de Aysén, su voz resuena como un llamado a repensar el desarrollo, la relación con la naturaleza y el respeto a quienes la habitan desde siempre. “El mar es vida. No lo defendemos solo por nosotros, sino por los que vienen”, concluye.








