Hay libros, artículos o autores que incomodan, porque nos ponen de frente a verdades o interpretaciones incómodas. Parte de eso nos muestra el libro Pobres de derecha, del sociólogo brasileño Jessé Souza.
Y no porque sea algo que no sepamos, sino porque nos muestra o desnuda una realidad que es una tragedia de nuestros tiempos. Nos referimos a esa masa de votantes que en la cámara secretar vota feliz por la patronal que a diario lo explota y le quita derechos. Ese trabajador o trabajadora que defiende a los mismos que le quitan el pan de la mesa, que reducen derechos sociales y que repiten los mantras de la sociedad neoliberal como si fuera el nuevo evangelio, comenzando por esa falacia tan bien instalada que es la meritocracia, que tiene dos vertientes, una real que es el esfuerzo de cada persona, pero otra que pesa todavía más y que es el origen de cada quien.
Es así que Souza lo dice sin rodeos los pobres de derecha no nacen, se fabrican, se moldean con una máquina cultural que incluye la televisión, la escuela, las iglesias y las redes sociales y que les enseña que la pobreza no es fruto de un sistema injusto, sino de su propia flojera, de su falta de esfuerzo individual.
De esta manera es que terminan defendiendo al emprendedor exitoso que nunca conocieron, pero que consideran su igual, mientras odian al vecino que recibe un subsidio, porque claro, ese sí es un “flojo y mantenido por el Estado”.
El que viaja en micro dos o más horas al día a un trabajo miserable, que apenas paga las cuentas y que no llega a fin de mes vota con entusiasmo por el político que promete orden y libertad de mercado, aunque eso signifique sueldos más bajos, menos derechos laborales y pensiones de hambre. Y lo peor es que lo hace convencido de que está del lado correcto de la historia.
Souza se pregunta cómo se logra esta paradoja. La respuesta es dolorosamente simple, el poder, el sistema necesita pobres agradecidos, pobres que teman más al cambio que a la miseria, pobres que crean que el verdadero enemigo no es el banquero, el latifundista o el político corrupto, sino el otro pobre, es decir, el migrante, el poblador, la mujer que exige igualdad, el indígena que reclama su propia tierra. El truco consiste en convencerlos de que defienden su dignidad cuando en realidad solo defienden la perpetuación de su propia servidumbre.
La paradoja es tan grotesca que da para una comedia, como muy bien lo retrata ese personaje del ácido humor argentino, Micky Vainilla. Imagínese a un obrero u obrera que cobra el sueldo mínimo aplaudiendo la reducción de impuestos a los millonarios, convencido de que algún día él también será millonario o que eso le permitirá mejorar su sueldo porque el patrón tendrá menos gastos.
El libro pobres de derecha es un bofetada a la autocomplacencia progresista que cree que la verdad, por ser evidente, termina imponiéndose sola, porque el gran problema chileno son los progresistas que creen que abrazar causas populares o reformas que no tocan la estructura son suficientes para cambiar un país.
Souza muestra que el poder no se sostiene solo con dinero o represión, sino con el consentimiento alegre de quienes deberían rebelarse.
En resumen, el libro no es solo sobre Brasil, es sobre Chile, América Latina y el mundo entero. Porque en cada esquina encontramos un pobre de derecha listo para defender la riqueza ajena con uñas y dientes, mientras se consuela pensando que, al menos, no es uno de esos resentidos, y allí está la tesis central del libro, la lucha es moral, es decir, las personas votan y se mueven por necesidad de reconocimiento.
Y así seguimos y seguimos en esta tragedia interminable, donde nada es más peligroso que un esclavo convencido de que es libre, porque como dicen se mantiene estático y no es capaz de sentir el ruido de sus cadenas.








