Por: Miguel Angel Rojas Pizarro. Psicólogo Educacional – Profesor de Historia – Psicopedagogo. @Soy_profe_feliz
La reciente renuncia de Isabel Garrido como Secretaria Regional Ministerial de Educación de Aysén no es solo un episodio más en la política regional. Es el reflejo de un sistema donde la lealtad a principios y valores es castigada, y donde la maquinaria política parece operar con la misma lógica que las viejas estructuras mafiosas que hemos visto en el cine. En este sentido, la historia de Isabel tiene paralelos inquietantes con El Clan de los Sicilianos (1969), una película que retrata cómo la traición y la manipulación son herramientas fundamentales en la consolidación del poder.
En la película dirigida por Henri Verneuil, vemos cómo la familia Manalese, un clan mafioso de la vieja escuela, intenta mantener su poder en un mundo que cambia rápidamente. Como en cualquier estructura de poder cerrada, la lealtad se exige ciegamente, y la traición es castigada sin contemplaciones. Sin embargo, hay una diferencia fundamental con lo que vemos hoy en la política: incluso los mafiosos de la película tenían códigos, valores y principios dentro de su estructura. En cambio, los grupos de poder actuales parecen carecer de cualquier tipo de ética, y su único objetivo es mantenerse en el poder a cualquier costo, sin importar el daño que causen en el proceso.
Prueba de esta falta de códigos es la forma en que los pactos políticos se han convertido en meras herramientas de supervivencia, sin importar la coherencia ideológica o social. Vemos cómo partidos que no tienen ninguna relación en lo ideológico ni en lo social, se unen para asegurar sus intereses particulares, sin representar realmente a quienes dicen defender. Así, en el último tiempo han salido alcaldes, se han mantenido diputados y autoridades regionales, no por mérito ni compromiso con la comunidad, sino por el simple hecho de pertenecer a un juego de favores cruzados. Este tipo de maniobras no solo profundiza la desconfianza ciudadana en la política, sino que impide cualquier tipo de avance real. Si esta situación no cambia, como región nunca creceremos y nos estancaremos en el tiempo, repitiendo los mismos errores y perpetuando un sistema que solo beneficia a unos pocos.
Pero más allá de la política de poder, hay una pregunta que no podemos dejar de hacernos: ¿Isabel salió por ser mujer y comunista? ¿Fue su identidad política y de género lo que la convirtió en un blanco fácil para las presiones y ataques? Porque si de cuestionar gestiones se trata, ¿Por qué no también se exigió la salida de la jefatura del SLEP, encargada de la administración de los establecimientos desde enero de 2024? Este no es solo un caso de desgaste político, sino también de machismo y fanatismo disfrazado de fiscalización. Duele ver cómo el poder sigue operando con reglas viejas en un mundo que exige cambios urgentes.
La salida de Isabel Garrido no solo deja un vacío en la gestión, sino que también nos deja un mensaje inquietante: en la política, muchas veces, ser íntegro tiene un costo alto. Estas situaciones no son solo un problema político, sino también humano. Las decisiones que se toman desde el poder afectan la vida de las personas, sus familias, sus carreras. No se trata solo de Isabel, sino de todos aquellos que han sido y serán castigados por no seguir el juego de los poderosos. Si seguimos aceptando estas prácticas como parte del sistema, ¿Qué nos queda? Es momento de romper el círculo, de exigir coherencia, de recuperar la confianza en la política como una herramienta de cambio y no como un mero ejercicio de supervivencia.
Para romper este círculo vicioso de las mafias de poder, es fundamental que reflexionemos desde las bases de los partidos y las comunidades. ¿Nuestros dirigentes nos consultan antes de actuar? En estos años, ¿han escuchado realmente a sus bases o solo han tomado decisiones desde sus escritorios? ¿Nuestros parlamentarios votan las leyes en favor de la región o solo responden a intereses individuales y no colectivos? Quizás ya es hora de cambiar a nuestros dirigentes y autoridades partidarias. Reflexionemos, porque este año nuevamente se iniciará el circo de las candidaturas, lleno de promesas que, como tantas veces, el viento se llevará sin dejar rastro.
Esto no se trata de izquierdas o derechas. La falta de principios, la ambición desmedida y la corrupción no tienen color político. Las malas prácticas han permeado todos los sectores, sin distinción. Es momento de dejar de lado los discursos partidistas y exigir coherencia, transparencia y compromiso real con el bienestar colectivo. No podemos seguir permitiendo que la política se transforme en un simple juego de intereses personales, mientras la ciudadanía sigue esperando soluciones reales.
El caso de Isabel Garrido no debe ser olvidado ni reducido a una anécdota. Es una advertencia, una señal de alarma y, sobre todo, un llamado a la acción para quienes creemos en una política basada en la ética y el compromiso real con el bien común. La pregunta es: ¿Seguiremos siendo testigos pasivos de estas prácticas, o nos atreveremos a romper con ellas?
En esta columna no me corresponde evaluar la gestión de Isabel Garrido; eso es tarea de las comunidades educativas. A su vez, el tiempo será el encargado de dar la respuesta final. Pero lo que sí podemos evaluar desde ya es la forma en que el poder opera en la región, la mafia política y a quiénes castiga. Eso no necesita tiempo para ser evidente.
«El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos».
Simone de Beauvoir








