Autor: Miguel Angel Rojas P. Psicologo Educacional – Profesor de Historia – Psicopedagogo. @Soy_profe_feliz
«Frágil como un volantín,
en los techos de Barrancas,
jugaba el niño Luchín,
con sus manitos moradas……….»
— Víctor Jara
Cada vez que entramos a una sala de clases, nos encontramos con decenas de rostros, cada uno con su historia. Entre ellos, siempre hay un Luchín. No lleva su nombre en la lista de asistencia, pero ahí está. Es el niño que llega en invierno con las manos heladas, con la chaqueta que no abre lo suficiente. Es la niña que se queda dormida en la última fila porque la noche anterior su casa estuvo demasiado fría para descansar bien. Es el estudiante que almuerza en la escuela porque en su casa a veces no hay suficiente.
Los Luchines no siempre piden ayuda. A veces solo están ahí, con su cuaderno gastado, con su lápiz mordido, copiando la materia en silencio. No interrumpen, no llaman la atención, pero su historia está escrita en cada gesto. Y muchas veces, en medio de las pruebas, los programas, los horarios apretados, los pasamos de largo sin darnos cuenta.
A veces nos dicen que los profesores debemos ser guías, modelos, fuentes de inspiración. Pero la verdad es que, en el día a día, somos simplemente los adultos que estamos ahí. Para muchos niños y niñas, somos el primer rostro que los saluda en la mañana, el único que les pregunta cómo están, el que se preocupa si faltaron varios días seguidos.
No son superhéroes. No pueden cambiar la realidad de un estudiante de la noche a la mañana. No pueden llenar con recursos lo que el sistema no entrega. Pero sí pueden hacer que la escuela sea un lugar donde cada Luchín sepa que importa, que alguien ama, que no es invisible.
Cuando un niño crece en la pobreza, lo más doloroso no es solo la falta de recursos, sino la sensación de que el mundo ya lo ha dado por perdido. Que su destino está escrito antes de que pueda imaginar otro camino. Ahí es donde el profesor/a puede marcar la diferencia. No con discursos grandilocuentes ni con grandes cambios estructurales, sino con gestos cotidianos que dicen: yo creo en ti.
El gran cantautor Víctor Jara escribió la canción “Luchín” con la mirada puesta en esos niños invisibles para el sistema. Esos niños que juegan con lo que encuentran, que inventan mundos en medio de la carencia. Su canción sigue vigente porque los “Luchines” siguen existiendo. Siguen en las poblaciones, en los cerros, en las escuelas rurales, en los campamentos y tomas. Y siguen esperando que alguien los vea, que alguien les diga que sí, que pueden aspirar a más.
Los profesores, no tenemos todas las respuestas. Pero sí podemos hacer algo que puede cambiarlo todo: podemos ser el primer adulto que les dice que su vida vale la pena, que su historia puede ser diferente, que su futuro no está definido por sus circunstancias.
No todos los niños serán músicos, como imaginaba el profesor Peña Hen. No todos serán médicos o abogados. Pero todos merecen crecer con la certeza de que alguien creyó en ellos.
La educación no puede ser solo una estructura rígida de normas y contenidos. Debe ser, sobre todo, una herramienta de transformación humana.
Mientras existen niños que llegan a la escuela con hambre, con frío, con sueños rotos antes de empezar su mañana, nuestra labor no está terminada. No podemos cambiar el mundo entero, pero sí podemos cambiar el mundo de un niño o niña. Y a veces, con eso basta.
La pregunta no es si podemos hacer algo por los Luchines de hoy. La pregunta es si estamos dispuestos a verlos, a reconocerlos y a darles la oportunidad que quizás nadie más les dará. Porque si la educación no sirve para eso, entonces, ¿para qué sirve?
En nuestra región de Aysén, estos desafíos son parte de la vida cotidiana. El frío que cala los huesos en invierno, las distancias que a veces parecen inquebrantables, la falta de especialistas, de recursos, de oportunidades. Pero en medio de todo eso, cada mañana, hay niños y niñas que llegan a la escuela con la esperanza de que ese día algo cambie. A veces, ese «algo» somos nosotros los profesores y asistentes de las escuelas.
Para muchos estudiantes, la escuela, no es solo un lugar de aprendizaje. Es donde encuentran abrigo, comida caliente, un espacio seguro. Es donde alguien les pregunta cómo están, donde alguien los mira a los ojos y les dice que importan. Y eso, en medio de tanta carencia, hace toda la diferencia.
Este nuevo año escolar es una nueva oportunidad. No podemos cambiar el clima, ni acortar las distancias, ni borrar las dificultades, pero sí podemos hacer que cada niño y niña que entre por la puerta de nuestra sala sepa que no está solo. Que su historia importa, que su esfuerzo vale, que hay alguien que cree en él o en ella.
Porque la educación que no transforma vidas, no es educación. Y mientras haya un niño o niña en Aysén que llegue con frío, con hambre o con sueños rotos, nuestra tarea sigue siendo la misma: abrir las jaulas para que vuelen como pájaros.
Si hay niños como Luchín
Que comen tierra y gusanos
Abramos todas las jaulas
Pa’ que vuelen como pájaros
Con la pelota de trapo
Con el gato y con el perro
Y también con el caballo








