Por : Yordanna Ovando Hernández
Trabajadora Social con práctica clínica y directora del Provincial Aysén del Colegio de Trabajadores Sociales.
Cada 4 de febrero se conmemora el Día Mundial contra el Cáncer, establecido por la Unión Internacional contra el Cáncer (UICC) con el respaldo de la Organización Mundial de la Salud (OMS), esto se trata de un llamado a la acción global frente a una de las primeras causas de enfermedad y mortalidad a nivel mundial. Esta fecha no sólo busca crear conciencia sobre la prevención, el diagnóstico temprano y el tratamiento, sino también destacar la importancia de la equidad en el acceso a los servicios de salud y la necesidad de políticas públicas inclusivas.
Desde la perspectiva del trabajo social, esta conmemoración tiene un significado profundo. El trabajo social, como una disciplina que integra el conocimiento del comportamiento humano, las dinámicas sociales y las necesidades emocionales de las personas, juega un rol esencial en el abordaje del cáncer más allá de la enfermedad física. Se trata de comprender y atender el impacto psicosocial y socioeconómico que el cáncer tiene en la vida de las personas, familias y entorno comunitario.
Para los trabajadores sociales del ámbito oncológico, el 4 de febrero no es sólo una fecha para recordar cifras y estadísticas; es una oportunidad para reflexionar sobre la importancia de la justicia social en el contexto de la salud. ¿Cómo podemos garantizar que todas las personas, independientemente de su lugar de residencia, situación económica o trasfondo cultural, tengan acceso a tratamientos efectivos, acompañamiento emocional y recursos que les permitan enfrentar el cáncer con dignidad?
La práctica del trabajo social en oncología nos enseña que el cáncer no sólo afecta el cuerpo, sino que desestructura dinámicas familiares, pone a prueba las redes de apoyo, y muchas veces, desafía la capacidad emocional de los pacientes y sus seres queridos. En este sentido, la conmemoración del Día Mundial contra el Cáncer se convierte en un momento para reivindicar el papel del trabajo social oncológico como un puente entre las necesidades médicas y psicosociales. Es un recordatorio de que cada proceso terapéutico, social o asistencial, por pequeño que sea, puede marcar la diferencia en la calidad de vida de quienes enfrentan esta enfermedad.
Vivir este proceso desde el sur del mundo, desde una tierra aislada geográficamente es aún más difícil, el acceso a la salud es un proceso complejo incluso para los profesionales que deben acompañar de manera integral a los pacientes, por eso también mi llamado es reflexionar cuáles son nuestras responsabilidades frente a la sensibilización del cáncer.
Quiero también hacer un llamado a los/as autoridades a poner el centro las demandas sociales de pacientes y agrupaciones oncológicas de nuestra Región independientemente de su condición incluyendo aquí el resguardo de la dignidad de los pacientes de cuidados paliativos y sus cuidadores/as; considerando que actualmente existe lo que se denomina crisis de los cuidados, en una población que envejece de manera acelerada y donde el cuidado y autocuidado debe ser una responsabilidad colectiva.
En conclusión, el 4 de febrero nos invita a pensar en cómo, desde nuestra trinchera como trabajadores sociales, podemos contribuir a una atención integral, centrada en la persona y fundamentada en los principios de equidad y respeto por los derechos humanos. Este día no sólo busca que el mundo se una en la travesía contra el cáncer, sino que nos recuerda nuestra responsabilidad profesional de estar ahí, ofreciendo apoyo, comprensión y herramientas para que nadie transite por este proceso sin dignidad.








