Calles céntricas completamente desoladas, neneos, esos arbustos cordilleranos chilenos que vuelan por las planicies yermas, desérticas, desamparadas, lejos de todo, y que recuerdan esos momentos de películas del viejo oeste, previo a la aparición del pistolero de turno, siempre con la chapa del cowboy más rápido, es el paisaje que a las ocho de la mañana describe a Coyhaique en su primer día de cuarentena obligatoria.
Los pocos humanos, son hombres armados del Ejército, carabineros o policía de investigaciones en rondas de trabajo. Un par de ciclistas uniformados, observan la tranquilidad de una ciudad acostumbrada al bullicio de los autos y malabaristas buenos y malos en las esquinas. Son las horas en que unos pocos trabajadores se trasladan como pueden a sus labores esenciales: cajeros de supermercados, panaderos, pequeños comerciantes, funcionarios del aseo y personal de salud, llega con sus respectivos permisos colectivos a enfrentar la jornada laboral, distinta, como día de fiesta, aunque esta vez las razones de la poca movilidad sean estrictamente sanitarias.
“Hay que salir a trabajar igual, me costó poder dejar a mi hijo crónico con alguien en estas circunstancias, pero si no vamos a trabajar nos echan”, dice una joven madre mientras ingresa a su turno en el supermercado. Más allá, los controles en distintos puntos de la ciudad, sobre todo en la zona céntrica se suceden y puedes llegar a presentar hasta cuatro veces el permiso a distintos funcionarios civiles y uniformados.
“El aseo de las calles alguien tiene que hacerlo, se nos ha hecho más fácil, porque casi no hay autos y se ve poca gente”, dice una señora con chaqueta de un fuerte color amarillo, mientras limpia la basura de las arterias de la ciudad.
A escasos metros nos encontramos con el primer problema, un hombre de unos 65 años sin su permiso salió a trabajar “a hacer una peguita para poder llevar algo a la casa, porque si no trabajo, no como”, mientras se apura para evitar cualquier control. Es la cara amarga de una medida que no considera los derechos sociales y que deja a muchas personas en el abandono, “agárrate con tus propias uñas y si no, resbala”, es la consigna del sistema.
Muchos coyhaiquinos trabajan en pequeños emprendimientos individuales, otros tantos ni siquiera tienen acceso a internet para optar a un permiso o desconocen las plataformas tecnológicas. Son los más afectados, aquellos que trabajan al día y que no pueden permitirse el lujo de dejar de trabajar y encerrarse en una cuarentena indefinida.
Los fiscalizadores deberán aplicar el criterio, tanto para ellos, como para aquellos que vienen de lejos a hacer sus compras en un par de horas, recorriendo largas distancias. La territorialidad, las particularidades de la región, deberían ser parte de cualquier medida, pero todo se piensa de forma centralista, ya lo sabemos.
Seguramente con el pasar de los días el natural bullicio reaparezca en cada rincón de la ciudad, porque salud y economía no son un dilema, la una no funciona sin la otra. Cuidarse es tanto responsabilidad individual, como colectiva, pero sobre todo del Estado que debe proporcionar las herramientas para que cada habitante de este territorio no se vea en la obligación de exponerse al virus o pasar hambre, junto a su grupo familiar, juntando rabia e impotencia ante un modelo hecho a la medida de unos pocos, pero excluyente con el Chile real.




