Este lunes en distintos puntos del Gran Santiago pobladores salieron a protestar con cacerolas, reavivando el movimiento social que inició en octubre de 2019, aunque ahora las demandas sean todavía más urgentes, la pandemia del hambre se está instalando de a poco en las comunas más vulnerables del país, gatilladas por la cuarentena obligatoria, que no fue acompañada de las medidas paliativas inmediatas para quienes son obligados a dejar su trabajo, muchos por cuenta propia y sin seguridad social.
El modelo impuesto a sangre y fuego por la Dictadura de Pinochet, alentada por el presidente de Estados Unidos, Richard Nixon a instancias de las trasnacionales norteamericanas y de la escuela de Chicago, colapsan en nuestras narices. La pandemia muestra toda la precariedad oculta tras falsos informes de desarrollo, de cifras de crecimiento sostenido sólo para el 1% y de medios de comunicación con periodistas rastreros proclives al sistema.
En este escenario, algunos políticos de derecha como José Miguel Insulza y Mario Desbordes, alientan un nuevo acuerdo nacional, para salvar a Piñera con la excusa de defender el país. Por supuesto estos acuerdos tienen amplia resonancia en los partidos pro sistema y en aquellos que son incapaces de proponer una alternativa, como amplios sectores de los socialistas, demócrata cristianos, radicales y PPD. Aún está por verse que pasa con el Frente Amplio, que en aras de la unidad, se olvida que es Oposición y como tal tiene la obligación de proponer un camino distinto, lo cual no significa ser obstáculo para la mentada unidad nacional.
Entretanto la clase media está proletarizada y se ha dado cuenta de aquello. Aunque muchos reniegan de la lucha de clases, el concepto estará presente mientras existan explotados e injusticia. Y ojo, cuando hablamos de lucha de clases no queremos decir violencia, como algunos les gusta creer. La verdadera violencia ha existidos siempre en las guerras por el capital y en las religiones, siempre.
¿Qué proponemos? Pregunta compleja, difícil y que no se agota en la mirada de determinados partidos políticos o ideologías, cada país tiene sus propias particularidades y para salir de una crisis se requiere la participación de todos y todas, comenzando por la recomposición del tejido social, que en los últimos meses ha comenzado un lento entramado, que deja ver a la distancia que otro Chile es posible.
Para iniciar los cambios no basta con la pachotada sin sentido, ni dirección. Se requiere estudiar, leer, reflexionar y razonar acerca de los acontecimientos. Y ello no es privativo de los dirigentes. Cabe recordar que en tiempos de Luis Emilio Recabarren, padre del movimiento obrero, se insistía en la preparación intelectual de los trabajadores, decir lo contrario es ser contrarrevolucionario. La transformación social inicia en la guata y en la cabeza.
Y, ante todo, unidad. Los grupos aislados por sí mismos no serán capaces de generar los cambios, por eso se requiere el diálogo en aquellos espacios en los que se comparte el diagnóstico, aquellos que están en contra el modelo y no sólo contra el gobierno. Si no somos capaces de unirnos, vamos a dejarles el Chile de las próximas décadas a la ultraderecha y su particular visión de mundo, con más AFP, más privatización de los sectores productivos, esos pocos que quedan sin privatizar. La precariedad que vemos hoy tras tantos años de neoliberalismo se verá incrementada, sin duda.
Cuando hablamos de más Estado en salud, educación, trabajo y vivienda no estamos apuntando a un modelo comunista o socialista clásico, porque el comunismo se manifiesta de mil maneras, desde religioso al modelo anarquista y marxista. Hay muchos enfoques del comunismo, por cierto. Es bueno dejarlo claro, porque cada vez que se habla de un Estado más fuerte se asocia a una determinada ideología, como una manera de desacreditar las demandas o relativizar su posición.
Debemos ir superando las contradicciones, resolviendo los conflictos en una permanente renovación, sin olvidar los objetivos finales. La utopía no es quimera, es adelantarse a la historia.
En las condiciones actuales de pandemia, con una cesantía que seguramente en las próximas mediciones debería superar el 10% se debe exigir el derecho humano al trabajo y entender que la revolución científico técnico no debe ser un obstáculo, sino todo lo contrario, debería permitir una mejor calidad de vida, con más tiempo de ocio para la familia.
La idea no es que las empresas pequeñas y medianas cierren, porque junto con dejar personas desempleadas, el Estado deja de recaudar impuestos.
Llegó el momento de ofrecer al país una alternativa democrática, sin autoritarismo, ni demagogia, sino un diseño colectivo donde todos decidamos sobre economía, educación, arte, política en una discusión permanente en todos los estratos sociales, para crear industria nacional y que el estado obtenga ingresos para gastos sociales. Otro Chile más digno, es posible.




