Si no fuera porque nuestras autoridades encabezadas por el Presidente Sebastián Piñera y el Ministro de Salud, Jaime Mañalich, tienen escasa credibilidad gracias a décadas de un actuar al menos cuestionable, quizás las cifras de contagios y muertos por COVID-19 serían verosímiles y nos darían cierta tranquilidad comparado con otros países y acerca de cómo estamos enfrentando la crisis por coronavirus. Los chilenos queremos que efectivamente los contagios y las muertes estén parcialmente contenidas, que el aplanamiento de la curva esté ciertamente ocurriendo. Nadie quiere que mueran compatriotas y cuanto mejor se reduzcan los infectados, más opciones habrá que el sistema de salud asistencial evite decesos en el futuro.
La pandemia por definición afecta con mayor fuerza a los más pobres e inmigrantes, eso es un hecho. Obligados a trabajar y trasladarse en el transporte público, cruzando la ciudad de punta a cabo a diario, son un foco de contagio, mientras los del barrio alto son encuarentenados hasta nuevo aviso. Se evitan las reuniones, pero son forzados a encapsularse en oficinas pequeñas y viajar enlatados en el metro, micro y colectivos.
La crisis sanitaria está develando las causas por las que los chilenos decidieron ponerse de pie el 18 de octubre, revelando toda la vulnerabilidad del sistema, de otro modo no se explica que en un par de semanas el país quede en la absoluta ruina, esto sólo muestra precariedad laboral, pequeñas y medianas empresas que apenas sobreviven y que el Gobierno pretende mantener endeudadas entregándoles miles de millones de dólares a la banca, para que esta luego les preste a esas mini empresas al interés que quieran. Ese dinero, por lo demás, es de los propios chilenos obligados a trabajar y a quienes se les traspasa todo el costo de la crisis, exigiéndoles a deshacerse de sus escasos ahorros del fondo de cesantía.
En estos días de pandemia universal, vemos como nuestros vecinos adoptan medidas que buscan mitigar los efectos económicos del coronavirus y lo hacen con fuerza y decisión. Perú, por ejemplo, cada 15 días les entregará un bono de 380 soles, unos 80 mil pesos dos veces al mes, a las familias más vulnerables. Su ingreso per cápita es un tercio del que ostenta Chile, donde como gran cosa se entregará un bono de 50 mil pesos por única vez, un dinero que además tiene mucho menos poder adquisitivo para la compra de productos básicos que en Argentina o Perú.
Precisamente en Argentina, se han adoptados todo tipo de medidas para los trabajadores en cuarentena obligatoria, manteniendo sus sueldos y sus puestos laborales, entre otras medidas muy agresivas para resguardar la salud y la vida de sus habitantes.
Tanto Argentina, como Perú, al menos duplican la población de Chile y geográficamente son países muchos más grandes si observamos su extensión continental, ambos han logrado contener los contagios hasta ahora de forma importante. Perú no llega a los 7 mil casos y Argentina, con más de 40 millones de habitantes, no sobrepasa los tres mil, si bien es cierto ambos tienen más muertes que nuestro país.
Cuando la pandemia todavía no golpea con fuerza a Chile y las autoridades se esmeran por hacer coincidir un discurso que habla de ventiladores mecánicos adquiridos en enero, cuando la evidencia dice marzo, cuando debemos dar por sentado que en Aysén no tendremos equipamiento esencial hasta agosto, con suerte, mucha suerte, la preocupación crece en las calles y poblaciones de nuestra región. Y si a eso agregamos la censura de la cual son objeto los medios de comunicación el escenario no es el mejor.
Esta es una crisis que debemos superarlas entre todos y no sacar réditos políticos pequeños, pero tanto los medios de comunicación, como las instituciones políticas están obligadas a supervigilar el desempeño de las autoridades, enfatizando los flancos débiles que se puedan abrir.
Entretanto las autoridades deben entender el rol de los medios y las organizaciones sociales, que buscan aportar y anteponerse a lo que podría pasar en las próximas semanas, que en el caso de Aysén implica mucho frío y alta contaminación ambiental, dos efectos que han demostrado favorecer la propagación de este y otros virus.







