El ruido de una motosierra se escuchó durante once horas seguidas en la calle Francisco Bilbao donde antiguamente había un árbol firme y alto, ahora era convertido en un gaucho tomando mate. De vez en cuando, los vecinos se detenían a mirar cómo la figura iba tomando forma con cada corte y el escultor paraba de vez en cuando para charlar un rato con ellos.
Profesor de educación general básica, artesano y escultor, Bórquez encontró en la madera una forma de acercarse a la historia de la región y llevarla a lugares donde las personas se encuentran con ella sin buscarla. Su trabajo en espacios públicos hace que personajes y pueblos, que muchas veces quedan fuera de los relatos más conocidos, puedan tener una presencia real y más cercana en la ciudad.
Una historia que se puede tocar
El vínculo de Pedro con el arte de la escultura comenzó en su juventud, cuando quiso tener una figura de madera en el patio de su propia casa. Sin haber estudiado nunca el oficio, compró un tronco de lenga y se puso a tallar un soldado con espada usando solo unas gubias escolares, un martillo y unos formones. Con el tiempo, se dio cuenta de que la madera servía para mucho más que simplemente decorar, “con el tiempo entendí que la escultura no tenía por qué ser solamente algo decorativo, como surgió en mi casa, sino que también podía transformarse en una manera de contar historias”.
Vivir en la región caló profundamente en su trabajo, lo que llevó que comenzara a investigar sobre la historia local y, con el libro “Las huellas que nos alcanzan” de Oscar Aleuy bajo el brazo, en 2023 postuló a un proyecto Fondart que le permitió desarrollar su primera escultura relacionada con pueblos originarios. Entre sus trabajos aparecen figuras vinculadas al Cacique Mulato, los Chonos y los Kawésqar, “mi intención no fue solamente realizar una escultura, sino que fue contribuir a que esas historias tengan presencia dentro de ese territorio”.
Pero antes de encender la motosierra, hay un viaje largo de investigación en equipo que puede tomar semanas. Primero, Cynthia Ziehlmann recopila los antecedentes y la historia de los pueblos originarios, y con esa base, Lía Gálvez dibuja las ilustraciones que sirven de guía visual para que la escultura tenga un sustento real y para finalmente llegar a las manos de Bórquez, quien se encargará de inmortalizarlas en la madera, “no sea solamente una imagen que sea bonita visualmente, sino que también tenga un sustento detrás”.
La elección de la madera también forma parte de esa relación con el territorio, Pedro prefiere trabajar con lenga cuando la obra está vinculada a la región, porque este árbol estuvo presente en construcciones, tejuelas y otros elementos de la vida de quienes habitaron la región y su uso permite conectar el material con la historia que busca representar, “me gusta pensar que existe una relación entre la lenga, la obra en sí y la historia que estoy contando”.
Las historias que todavía falta conocer
Pedro comparte que hay una parte de la historia local que aún permanece opacada por otros relatos sobre la identidad regional. Reconoce el valor de las fiestas costumbristas y de las tradiciones de ciertos grupos de pobladores, pero insiste en que también es necesario abrir un espacio a pueblos como los aónikenk, chonos y kawésqar, cuya presencia en el territorio se remonta mucho más atrás, “todavía falta mucho por hacer para visibilizar esta parte que es más desconocida, que es más vieja todavía, que tiene más de dos siglos de antigüedad”.
Ahí es cuando aparece el espacio público como una herramienta para acercar esas historias a personas que quizás nunca entrarían a una exposición ni buscarían un libro sobre el tema. Las esculturas se encuentran en lugares de tránsito cotidiano y algunas incorporan códigos QR que permiten acceder gratuitamente a información sobre los personajes y pueblos representados, “así que sientan curiosidad, que se acerquen, que escaneen el código QR, que accedan y puedan ver de qué se trata, dónde vivían, qué comían, en qué creían”.
La curiosidad es precisamente lo que Pedro espera despertar cuando alguien se detiene frente a sus obras, que nazca una pregunta capaz de llevarla a buscar más información y de conocer sobre aquello que tiene frente a los ojos, “quiero que la gente se detenga ahí y les surja curiosidad, ¿quién es?, ¿qué representa?, ¿por qué está aquí? y para mí esas preguntas son valiosas”.
Mientras le da vueltas a nuevas ideas, Bórquez ya proyecta sus próximos desafíos en madera, dedicados al pueblo Selknam y a los tradicionales carpinteros de ribera. Pero su gran ambición apunta a una obra de gran tamaño que recorra distintos momentos de la historia regional por el centenario de Coyhaique, aunque todavía depende de financiamiento y gestiones para concretarse, “permitiría ver la historia en el centro, en el corazón de la ciudad”.
Para Pedro, sacar la historia de los libros y llevarla hasta la calle o un espacio donde transitan las personas, permite que el pasado aparezca de otra manera frente a quienes habitan el territorio, sus esculturas buscan generar ese encuentro cotidiano y cercano y dejar abierta la posibilidad de que alguien se detenga, mire y quiera saber más de su propia historia.








