Monday, 14 September, 2020
Por Cristóbal Martínez
Estudiante de Sociología
Una vez más chilenos y chilenas disponen de una herramienta importante para generar cambios: la participación. Invito a dejar de lado aquella lógica binaria que hace distinciones entre bueno y malo. Para el caso del plebiscito, ya sea que gane el apruebo o el rechazo, creo estar seguro de que ninguna persona sabe con certeza el resultado final.
Los medios para conseguir que la ciudadanía chilena consiga generar un cambio mediante votación fueron lamentables, pero necesarios. Es innegable que existió violencia, es sabido sobre la cantidad de personas que perdieron la vista, los constantes conflictos entre las fuerzas de orden y manifestantes. Agentes del Estado imponiendo orden, ya sea por voluntad o por obediencia. A raíz de estos sucesos nace el miedo en cierto sector de la población, en aquellas personas que en carne propia experimentaron los horrores de la dictadura. Pero el contexto actual es diferente, Chile no es el mismo país que hace 47 años, el mundo no es el mismo.
Aun así, creo que detenerse a pensar en eso es innecesario, es la realidad, y pues la victoria se ha conseguido. Existe la posibilidad de que la idea de cambio deje de habitar en las mentes y se convierta en un hecho. Se hace necesaria la participación de la gente en este proceso, independiente de su elección, independiente del resultado, se conseguirá legitimidad. Además, la lucha de miles de personas no habrá sido en vano.
Antes de continuar quiero invitar a hacer una reflexión. En Chile hay 18 millones de habitantes, en Santiago habitan 7 millones de personas. Es casi la mitad. En la región de Aysén hay casi 92 mil habitantes. ¿No les parece que debiera haber algún cambio respecto a la centralización? Sobre la utilización de los impuestos, sobre el rol del congreso y su ridículo tamaño, sobre hacia donde se dirigen las leyes, y, sobre todo, hacia donde NO se dirigen.
Leí la columna de Andrea Ríos donde hace mención al concepto de democracia, que, según mi interpretación, se asocia a la antigua Grecia, donde la democracia era menos representativa y más participativa, claro, obviando el hecho de que a las mujeres no se les dejaba participar, entre otras cosas. Hoy no es así, y, además, a mi parecer esa idea de democracia es utópica. Entendí la idea de ilusión, sobre la clase política y el bucle infinito, pero entonces me surge la pregunta, ¿hay alguna otra propuesta para generar el cambio? No creo que menospreciar el suceso que se aproxima sea sensato con el país. Y ojo, no estoy diciendo que Andrea lo menosprecia.
La política, la cosa pública, es eso, algo que nos compete a todos. Si esperamos a que algo surja de la nada, jamás pasará. Si queremos romper con la ilusión que propone Andrea no hay que dejarla vivir aún más. Como dije al principio, sea de forma buena o mala, sea el final bueno o malo, cosa que nadie sabe, se debe acabar con lo que, en este caso, de forma ilegítima, se ha establecido, es decir, la constitución de 1980, con sus reformas y lo que trae.
No nos dejemos derribar por ideas sobre-idealizadas. Hay que hacer que funcione.
Autor: Cristóbal Martínez
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