Tuesday, 02 June, 2020
Es imperativo destapar la caja y ver lo que contiene más allá del litro de aceite, el kilo de azúcar y el tarro de jurel.
Cuando una familia llega al punto de necesitar recibir una caja con alimentos para poder subsistir, es porque sin duda está viviendo una situación crítica y dolorosa, y seguramente sus integrantes se encuentran en un estado emocional de vulnerabilidad e inseguridad tremendo. Es precisamente entonces cuando la ayuda debe ser entregada con profundo respeto y delicadeza, para no herir más la dignidad ya herida. Porque, digámoslo con todas sus letras, ninguna familia chilena debiese necesitar de la caridad para poder llevar el pan a su mesa.
Por eso es que resulta indignante que un grupo de privilegiados famosos y famosillos, disfrazados con casacas rojas que jamás formarán parte de su vestimenta habitual, lleguen en masa, acompañados de los medios de comunicación a cubrir el momento en que una madre rompe en un llanto de alivio al saber que durante unos días tendrá algo para echarle a la olla.
Por eso es que resulta insultante que un anciano solitario abrace a quien representa al sistema indolente que después de una vida entera de trabajo y sacrificio, lo obliga a vivir sus últimos años sumido en la miseria.
Por eso es que resulta humillante que un padre de familia llore de impotencia mientras se le entrega una caja con los alimentos que él no pudo conseguir para sus hijos; también lo es, aunque él aún no lo sepa, que un niño pobre aparezca en televisión saltando y haciendo la V de la victoria frente al lente de la cámara que lo muestra al país entero, flaco y desgarbado, pero sonriente.
Por todo eso que insulta y humilla a los más desposeídos y abandonados, es que me indigna el descaro del que profita del sufrimiento de un compatriota para llevar agua al molino de su imagen pública y de su figura mediática, con vistas a una próxima elección.
Por eso es que repruebo y acuso con indignación a los comunicadores obsecuentes que
transmiten, difunden y promocionan la opereta bastarda de luces, flashes, cámaras y micrófonos que ha montado el monarca y su corte; usando como escenografía y telón de fondo para la representación de su rol magistral, la población (nunca el campamento).
Y cuando el director golpea la claqueta y dice que llegó el final, cae el telón, se apagan las luces y vamos rapidito subiendo la cuesta, porque abajo en la calle se acabó la fiesta. Y vuelve el rico a su riqueza, y se queda el pobre en su pobreza y el señor cura no vuelve a sus misas (porque no vino). También de rabia, porque se ha iniciado otro largo y angosto nuevo tiempo de abandono y olvido.
Y ahí está ahora la caja, sobre la mesa familiar y los niños aplauden y vitorean cuando, como de un sombrero de mago, van apareciendo el kilo de azúcar, el litro de aceite y el tarro de jurel.
Autor: Anónimo
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