Friday, 29 May, 2020
Junto a la crisis por COVID 19, hay una enfermedad que abunda en el país y que es tanto o más peligrosa que el coronavirus. La existencia de bolsones de pobreza y marginalidad que algunos no quieren mirar.
Recorrimos los campamentos de la ciudad de Coyhaique, donde se ve la cara más dura de la pandemia del hambre, que se incrementó tras la aparición del coronavirus en marzo pasado. Las personas no quieren fotografías, ni tampoco dar sus nombres, el estigma es tanto peor que la misma pobreza. En un mundo hecho a la medida del sistema, es difícil reconocer precariedad económica, es el signo de Caín, de los chilenos parias de sus propios compatriotas. “Acá ya no tenemos casi nada, soy madre soltera, con tres hijos, vivíamos de lo que podíamos vender con mi hija en la feria y ahora no podemos hacer mucho. Los bonos y canastas familiares no son una solución, porque sólo prolongan lo que de todas maneras llegará”, dice Fernanda.
Mientras su hija de unos 15 años, Catalina, advierte que, junto con abandonar los estudios por este año en el Liceo República Argentina, “tengo que salir a ver qué podemos vender, porque antes vendíamos ropa usada en la feria, pero ahora tenemos que hacerlo igual, pero no en lugares públicos, es mucho más difícil”.
Cuesta retratar en palabras los muros de cholguan por dentro y zinc por fuera que transpiran con la humedad de ropa colgada a la orilla de la estufa, la mascarilla que portamos complica la respiración, que se funde todavía más con los escasos espacios para las familias, que deben salir a las cercanías a buscar qué echarle a la cocina, “porque la leña está muy cara”. Los servicios del Estado y los derechos que debería asegurar la Constitución no se cumplen para millones de chilenos. Las cifras estiman que hay al menos 5 millones de pobres, es decir, personas que viven con menos de 70 mil pesos mensuales. Y la cifra crece a diario. Los registros de este año cifran en más de 800 los campamentos en el país, muchos exclusivamente de inmigrantes. Una realidad que no nos gusta ver y que el Estado desdeña por completo, tras la falsa premisa del crecimiento y el “chorreo” instalado en el inconsciente urbano por los Chicago Boys de Milton Friedman.
La otra cara de la moneda son esos dos mil chilenos que ganan sobre 2 mil millones de pesos mensuales, la desigualdad golpea mucho más fuerte en tiempos de crisis y evidencia las gigantescas diferencias sociales en un país pequeño como el nuestro. “Acá no le tenemos miedo al coronavirus, porque pensamos cómo comer al día, ahora nos dieron unas canastas familiares en la municipalidad y el bono COVID, pero nadie parece entender que tampoco alcanza, apenas para comer”, dice Lorena, otra mujer que lucha a diario por llevar sustento al hogar. “Además soy mamá soltera, el papá de mis hijos antes me daba unas lucas mensuales, pero ahora tampoco está trabajando, hacía changuitas no más y está complicada la cosa”, agrega con un tono de resignación que duele en el alma.
Una vecina que se acerca para intervenir agrega que “el otro día nos entregaron unos artículos de limpieza, una empresa que gana millones de pesos, pero que quieren blanquear su imagen entregando cosas que ayudan, pero que no son la solución. La gente quiere trabajo, nunca pensamos que este Gobierno nos llevaría a esto que está pasando, porque esto viene de mucho antes que el estallido social o el coronavirus, ya de antes veníamos mal, incluso antes de estos últimos gobiernos”, dice mientras se soba las manos por el frío y los caños emanan profuso humo contaminante. En la vulnerabilidad, todo aquello que llena páginas en diarios y noticieros es secundario, cuando lo que falta es comida y abrigo.
Hacer frente a la dureza del hambre en un país que por años se vendió como cercano al desarrollo es doloroso, es caer en cuenta de que todo era una mentira, una ilusión muy bien orquestada por medios de comunicación, políticos y economistas pro modelo, que siempre se quedaron sólo con las cifras de crecimiento, el ingreso PIB per cápita y esos indicadores que habilitaban a Chile para ser país del primer mundo. Pero no, ese crecimiento jamás llegó a amplios sectores de la sociedad. Un trabajador coyhaiquino lo retrata muy bien en una frase, “nunca fuimos clase media, sólo pobres endeudados con tarjetas de crédito y dinero plástico”.
La cesantía bordea el 16% a nivel nacional, cifras que sólo recuerdan la Dictadura, cuando Pinochet salió a salvar a la banca con los recursos y el trabajo de todos los chilenos. “Hoy muchos empresarios esperan que otra vez los salve el Estado. Dicen tomar los riesgos de sus inversiones, pero resulta que, a la primera oportunidad, no asumen esos riesgos, sino que se los traspasan al Estado”, dijo el alcalde Recoleta, Daniel Jadue, hace unos días atrás. En otras palabras, el salvataje parece llegar sólo a los grandes empresarios, mientras el chileno medio, las pequeñas y medianas empresas cierran, quiebran o pierden espacio en la economía local.
La tarde comienza a caer en Coyhaique, está frío, se anuncian cuatro bajo cero para esta noche. La estufa calienta a las familias que viven en escasos metros cuadrados, los niños juegan y ríen, como el país de los ochenta, bajo la intemperie de un invierno que arrecia, en medio de la pobreza y la vulnerabilidad, que da cuenta de las enormes deudas que el país sigue teniendo con amplios sectores de la sociedad. Sí, los niños siguen jugando como si nada pasara, pronto caerá la noche y los rayos de las precarias luminarias no impedirán que sigan jugando. El futuro de Chile está en esas manos frías que esperan tiempos mejores, mientras la Pandemia social aumenta más rápido que la crisis sanitaria.
Dieciséis contagiados van desde marzo y este viernes se anunció que entramos de lleno a Fase 4, es decir, existe contagio intracomunitario. Después de semanas en que las organizaciones sociales están pidiendo cordón sanitario, recién ahora la Autoridad reconoce que se solicitó la medida al Gobierno. ¿Cuándo estará la respuesta? Quién sabe.
Caravana hacia Balmaceda
Por lo pronto la Coordinadora Social por la Salud de Aysén convocó para este domingo una caravana de automóviles desde Coyhaique a Balmaceda, saliendo a las nueve de la mañana desde Puerto Aysén y desde las 10 en Coyhaique, con el fin de presionar a las autoridades a adoptar medidas más estrictas. Esto no es un juego como el de los niños del campamento, son decisiones que pueden salvar vidas.
Autor: Tehuelche Noticias
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